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Cuando las mujeres se liberaron y se habló de feminismo en las calles

Para variar, la realidad le había ganado al gobierno mexicano.

La mujer y la planificación familiar
La mujer y la planificación familiar La mujer y la planificación familiar (La Crónica de Hoy)

Para variar, la realidad le había ganado al gobierno mexicano. Para el último día de 1974, cuando el Diario Oficial de la Federación publicó la reforma al artículo cuarto constitucional, consignando que los hombres y las mujeres son iguales ante las leyes y el Estado mexicano, hacía mucho que el país estaba en proceso de cambio. Ya había generaciones universitarias con médicas, físicas y contadoras, y a nadie le escandalizaba su presencia en la vida pública del país. Estaban muy lejos los días en que José Yves Limantour, ministro de Hacienda de don Porfirio, recelaba de la presencia de las señoritas secretarias en las oficinas, pensando que “distraerían” a los varones encargados de las decisiones importantes.

Pero en los años setenta mexicanos, con mujeres ya colocadas en el mercado laboral a muchos niveles, había cosas que resultaban tema pendiente: si se piensa que la primera subsecretaria de Estado apenas había aparecido en la gestión de Adolfo López Mateos, la exigencia de espacios en la toma de decisiones más allá de espacios tradicionales, como la educación, iba tomando fuerza, en un país donde muchas universitarias habían participado en los movimientos estudiantiles de 1968, habían estado presentes en el festival de Avádaro y militaban –y no era un secreto– en los movimientos guerrilleros.

La modificación constitucional llegó apenas a tiempo, porque 1975 era el Año Internacional de la Mujer, y México, y su capital, eran sede de la Primera Conferencia Mundial de la Mujer. Y a México vinieron connotadas figuras de algo que empezó a sonar en la vida de todos los días: el feminismo. Fueron 133 las delegaciones participantes, de las cuales, 113 venían encabezadas por una mujer, cosa que no ocurrió en la delegación de México: el presidente Echeverría nombró al Procurador General de la República, Pedro Ojeda Paullada, no solo anfitrión oficial, sino líder de la misión nacional.

No es que en 1975 hubiera aparecido  el feminismo en nuestro país. Pero hablarlo, verlo a diario en las páginas de los periódicos, verlo en los noticieros de televisión, fue otra cosa. ¡hasta los libros de la Reforma Educativa se hablaba de feminismo! Se hizo cosa común hablar de “mujeres liberadas”, dispuestas a hacer de sus vidas mucho más que los roles mayoritarios de esposas, responsables de la buena marcha del hogar y madres.

El gobierno auspició ese proceso “liberador” de cambiar el perfil de las mujeres mexicanas. Había una razón muy poderosa, y de ella se hablaba no bien empezó la década: la explosión demográfica. En 1974, la familia mexicana promedio tenía ¡siete hijos!, y la mayor parte de las mujeres no pasaba de los estudios de secundaria. Un auténtico bombardeo de campañas de planificación familiar permitió modificar el rumbo: a fines de los setentas, la cantidad promedio de hijos había disminuido de siete a dos.

“La familia pequeña vive mejor”, “Vámonos haciendo menos para que vivamos mejor todos” fueron frases que se quedaron por años en la memoria colectiva. La modificación del artículo cuarto constitucional también estipulaba que “toda persona tiene derecho a decidir de manera libre, responsable e informada sobre el número y el espaciamiento de sus hijos”. La campaña se dirigía a las mujeres, a que ELLAS decidieran, no su pareja: “Señora… usted decide si se embaraza” era un lema que hablaba de cambio profundo: las mujeres, esas mismas para las que las  feministas reclamaban igualdad de género, podían, amparadas en la ley, resolver su destino.

Pero al mismo tiempo que feministas de todo el mundo sesionaban en la antigua Cancillería, allá en la Plaza de las Tres Culturas, cientos de indígenas, apodadas coloquialmente “Marías”, seguían vendiendo sus cachuates, sus limones, sus trozos de carne enchilada, sin saber leer, sin ir a la escuela, aún con el dominio y el frecuente abuso de los maridos que, de pie, a unos metros, miraban, sin hacer nada, como la mujer, vendiendo chucherías, se ganaba unos pocos pesos. Mucho de eso sigue como en 1975.

Pero la siguiente generación, esas que fueron niñas en los setenta, tuvieron otras oportunidades y muchas se ganaron un destino diferente.

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