
La sorpresa trumpiana ha inundado los medios de comunicación. Los comentócratas no paran de justificarse y explicar su equivocación. Por supuesto, se podría considerar que los estudios de opinión son los equivocados o que el ciudadano decidió ocultar su intención de voto. La principal excusa es que fueron muchos los que estaban convencidos de que Clinton iba a ganar. Un argumento muy recurrido consiste en afirmar que hasta los cercanos a Trump, los encuestólogos del ahora presidente electo de Estados Unidos, no tenían mucha fe en el triunfo de su jefe. “Mal de muchos, consuelo de tontos”, diría mi abuelita.
Aludes de análisis de las cifras electorales e interpretaciones de las mismas. La mayoría en torno a la misoginia y la xenofobia. ¿Cómo entender el voto de las mujeres o los latinos a favor del magnate? ¿Por qué los bastiones obreros demócratas decidieron darle la espalda a Hillary? ¿Cuál es la motivación del sentido del voto de los millenials? ¿Cómo es posible que un doctor en química egresado de una de las más prestigiosas universidades norteamericanas sea defensor de Trump, crea en que todos los males del país se incuban y provienen de la corrupta burocracia de Washington, maneje una camioneta pick up y tenga un rifle para defenderse?
Algunos comentarios son serios y pretenden sustentarse en teorías de la ciencia política o económica mientras que otros son simples ocurrencias llenas de anécdotas o profesiones de fe al anti-yanquismo, el libre comercio, la integración norteamericana o la ideología progresista. La gran mayoría lo visualiza como la expresión de una sociedad que se rebela ante gobiernos incompetentes que no pueden solucionar sus problemas cotidianos, pero que son maquinarias permanentemente movilizadas y expertas en elaborar discursos sobre una constante ampliación de los derechos de todos, principalmente de las minorías, aunque no tiene soporte financiero, ni técnico ni administrativo.
Una verdad de Perogrullo que adquiere día a día más fuerza es que un candidato cambia su discurso y actitudes cuando se convierte en gobernante y asume las responsabilidades del poder social. Sin embargo, esto no disipa la incertidumbre de cuál será el rumbo del gobierno de Donald Trump. Sólo falta que Vicente Fox declare que el presidente electo es un lenguaraz y que, como sucedió con él, no hay que tomar en serio sus promesas de campaña.
En mi opinión, sólo estamos viendo los síntomas de algo más profundo que nuestros intereses, deseos y prejuicios nos ocultan. Eso que se llama falta de perspectiva histórica. Tenemos ante nuestras narices realidades demográficas, sociales, culturales, económicas y políticas inéditas e intentamos explicarnos el presente con un pasado diametralmente distinto a lo que vivimos.
La población mundial de más de 7 mil millones de personas, la difusión de la sociedad del conocimiento, la expansión de los valores occidentales y el materialismo, el achicamiento del orbe por los medios de comunicación, la globalización y el debilitamiento de los estados nacionales me supongo que deben influir en alguna medida en el comportamiento electoral.
Las sociedades forman capas que se intercomunican entre sí, pero no se integran totalmente. Las personas se unen en conglomerados, que traspasan las fronteras políticas, y se identifican por los antecesores, el lenguaje, las costumbres, la raza, la religión, las aficiones, el ingreso económico, la procedencia geográfica, la nacionalidad y el nivel educativo, entre otras cuestiones, que sólo importan para los candidatos cuando están afinando su discurso e imagen que pretenden proyectar para obtener votos.
De esta forma, lo superficial colma el escenario público y la sobre simplificación de la realidad se concentra en el lenguaje de los candidatos. Quien es capaz de expresarlo mejor gana y la competencia provoca que en cada ciclo la diferencia de la votación sea marginal y poco significativa. Resultados cerrados no conducen necesariamente a guerras civiles ni triunfos holgados son sinónimo de cheques en blanco.
Las votaciones no eliminan la desigualdad social, ni el trato discriminatorio, tampoco transforman las relaciones de dominación, ni modifican el comportamiento de las burocracias. No tienen ese propósito, ni esa fuerza. Sólo definen quién será la voz de las personas frente a los poderes reales. Los catastrofismos no tienen sentido en este contexto. Los cambios sociales son lentos y dolorosos.
Hay un profundo reacomodo social y político que tiene una pálida expresión en lo electoral. Jóvenes sin trabajo ni futuro; salarios deprimidos; industrias en decadencia; formas de vidas consideradas anacrónicas; organizaciones sin valores, individuos no solidarios; concentración de la riqueza, movilidad social limitada, esperanzas perdidas. La gente busca manifestarse en un pequeño espacio que se abre periódicamente el día de las elecciones. Después, en el espacio público sólo quedan quienes viven de explicar lo superficial, quienes consideran que sus intereses pueden afectarse significativamente por el nuevo gobierno y los que tienen que unir los esfuerzos sociales. Los comentócratas, los activistas y las autoridades a la defensiva. El resto a lo cotidiano, a intentar cambiar nuestra realidad, la personal y colectiva, con trabajo y buena voluntad.
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