
Ahora sabemos que Juárez, además del español, leía en su lengua original a los autores grecolatinos y, eventualmente, leía textos en inglés y en francés.
(Primera parte)
Celebremos los 110 años del natalicio de Benito Juárez, tan recordado ahora durante la visita del Papa Francisco I, acudiendo a una faceta poco conocida y estudiada del ex presidente mexicano: la de su condición de lector atento y voraz. El hombre de luces detrás del estadista infatigable al que podemos observar, abstraído e inquieto, en la soledad reflexiva de sus lecturas.
Gracias a un legajo de manuscritos encontrados en el Archivo General de la Nación, hoy podemos tener una idea más precisa de los libros, las lecturas, y el método de trabajo de Benito Juárez, cuyas apetencias intelectuales estaban íntimamente ligadas a su desempeño político. En dichos manuscritos se puede leer de su puño y letra diversas anotaciones y subrayados, que describen un universo al mismo tiempo íntimo y revelador.
Lector pragmático y agudo, extraía de los libros las lecciones y las señales que encontraba pertinentes para conducirse en la acción pública. La lectura, como puede esperarse de un estadista y un reformador de tiempo completo, era un extensión más de sus obsesiones profesionales, menos un ejercicio de esparcimiento, que un acto de confirmación o refutación de sus convicciones políticas y su idea de gobernar
Ahora sabemos que Juárez, además del español, leía en su lengua original a los autores grecolatinos y, eventualmente, leía textos en inglés y en francés.
Normalmente copiaba en su cuaderno de apuntes párrafos o ideas del material leído, a manera de subrayados. Si era un texto en latín, lo reproducía en su versión original y enseguida lo traducía al castellano en el propio manuscrito. Leía por igual a los clásicos de la antigüedad, que tratados de historia y política e incluso novelas populares en su tiempo.
Los manuscritos encontrados no precisan el lugar y la fecha de su escritura, pero es posible reconocer que probablemente fueron elaborados entre 1853 y 1855, años en los que Juárez vivió en Cuba y más tarde en Nueva Orleans, tras pagar con el exilio su oposición al gobierno del dictador Antonio López de Santa Anna.
Puede inferirse que estas notas fueron redactadas en este periodo convulsionado de su vida en el que salió del país, luego de haberse desempeñado como gobernador de Oaxaca, y antes de regresar a México en 1855 para participar en la revolución de Ayutla y formar parte del gabinete presidencial de Juan Álvarez.
De ser así, en algún momento de obligado retiro de la vida pública, entre 1853 y 1855, Juárez se concentró en la lectura y la reflexión, preparándose tal vez para lo que sería la etapa más agitada y épica de su vida, luego de que asumiera la Presidencia de la República en 1857.
Lo anterior se intuye de sus anotaciones al libro de Alexander Von Humboldt titulado Ensayo Político sobre la Isla de Cuba —en las que Juárez coteja la información del viajero alemán con sus propias observaciones del paisaje, la naturaleza y la sociedad cubana.
Se infiere también de sus comentarios anotados a una novela muy popular entonces y cuyo título el propio Juárez tradujo libremente del inglés al español como La choza de Tomás.
Se refería naturalmente a la obra que después conoceríamos como La cabaña del Tio Tom, la novela pionera en la narración de los sufrimientos de los esclavos en las plantaciones del sur de Estados Unidos, que se publicó en 1852 y que Juárez pudo haber leído durante su estancia en Nueva Orleans, donde llegó a trabajar para ganarse la vida liando hojas de tabaco en una fábrica de puros. De igual manera se encontraron notas de la novela Los Misterios del Pueblo, del francés Eugenio Sue, publicada en España en 1855.
Es fascinante reconocer la manera en que Juárez extraía lecciones de sus lecturas, a través de ellas se asomaba a la realidad de México, un país desgarrado entonces por casi cuatro décadas de luchas internas tras la independencia de España, pero sobre todo con la herida aún fresca de la derrota en la guerra de 1847 con los Estados Unidos, en la que México perdió más de la mitad de su territorio.
En este contexto quizá podamos entender mejor por qué Juárez subrayó con mucha atención un pasaje de La Eneida, de Virgilio, en el que se lee:
“Tras la derrota, Eneas dice a sus compañeros. Arrojémonos en medio de las armas y muramos. Una sola salvación queda a los vencidos: no esperar ninguna salvación”.
La dimensión trágica y épica de Eneas, conduciendo a su pueblo derrotado, le era muy llamativa a Juárez, y le sería aún más desde el momento en que le tocaría años después conducir a México por uno de sus periodos de mayor peligro.
Al igual que Eneas, condujo a los ejércitos troyanos en su huida a Italia tras la derrota a manos de los aqueos, Juárez conducirá a los mexicanos en su propia Eneida de salvación nacional.
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