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Los sitiadores de Querétaro

Unos nacieron en cunas humildísimas y otros eran hijos de gobernadores; uno que otro era “junior”. Eran dramaturgos, poetas, abogados y rancheros. La Guerra de Intervención los convirtió en militares, en coroneles y generales. Se llamaban Mariano Escobedo, Vicente Riva Palacio, Ignacio Manuel Altamirano, Ramón Corona y Diego Álvarez, quizá los más notorios de entre los sitiadores de la ciudad de Querétaro, hace siglo y medio.

Los Constituyentes de 1857
Los Constituyentes de 1857 Los Constituyentes de 1857 (La Crónica de Hoy)

Maximiliano de Habsburgo entró en Querétaro a mediados de febrero de 1867. Lo acompañaba el ejército que medianamente pudo reunir, una vez que se concretó la salida de las tropas francesas de territorio mexicano. Se rodeó de generales mexicanos para comandar ese último esfuerzo de resistir al embate republicano que, a fuerza de persistencia, apoyada por el súbito cambio en el equilibrio internacional, había recuperado la mayor parte del territorio nacional. En esa primavera de 1867, solamente quedaban tres plazas en poder de los imperialistas: Puebla, Querétaro y la Ciudad de México. Sólo eso quedaba de los sueños del príncipe austriaco.

De modo que se encerró en Querétaro con nueve mil hombres, con Leonardo Márquez, El Tigre de Tacubaya; Miguel Miramón, como general en jefe de la infantería y Tomás Mejía a cargo de la caballería. De un día para otro, el príncipe de Salm Salm, que no tenía nombramiento formal en las tropas del imperio, se encontró con que el emperador lo había designado jefe del batallón de cazadores.

Aún creía el archiduque que la guerra podría resolverse a fuerza de negociaciones: creía que lo más adecuado era convocar a un Congreso que resolviese la forma de gobierno que México habría de tener. Pero nadie más parecía interesado en una solución así.

Benito Juárez, en vista del lento pero seguro desmoronamiento del imperio, dejó su refugio en Chihuahua y trasladó el gobierno de la República a San Luis Potosí. Desde allí asistiría a los últimos días del proyecto imperial. Sus hombres, los que habían recorrido el país de arriba abajo defendiendo la causa liberal y republicana, se aprestaban a dar las batallas finales contra los últimos leales al emperador.

Porfirio Díaz se apoderó de Puebla el 2 de abril, y siguió su camino hacia la Ciudad de México: no sólo defendía a la república; también construía su proyecto personal de poder político.

A las afueras de Querétaro se concentró el grueso del ejército republicano, que puso sitio a la ciudad el 14 de marzo de 1867. En ese momento, eran 25 mil hombres. Sus líderes no podían tener orígenes más diferentes, pero todos, por distintas razones, se habían educado en el amor a la patria desde la trinchera del liberalismo, y tenían años de conocerse. La Guerra de Intervención los arrojó a las aventuras más disímbolas, y después de años de terca resistencia, se reunían para dar la batalla final.

Para cuando Juárez lo designó general en jefe de las fuerzas republicanas en Querétaro, Escobedo ya había vivido una odisea tremenda: solo y sin tropas, en 1864, había salido de México por barco, disfrazado, para trasladarse a Estados Unidos y pedirle ayuda militar al embajador mexicano, Matías Romero.

Decidió retornar a México, y para eso tuvo que atravesar la Unión Americana, de Washington a Texas, en plena guerra civil. Tanta tenacidad se materializó en un incipiente ejército de 26 efectivos, con el cual prefirió rebajarse el grado de general al de capitán, en vista de que eran tan pocos.

Escobedo volvió por sus fueros, y Juárez lo nombró general en jefe de las fuerzas sitiadoras. Su segundo al mando era un jalisciense que venía de ganarse su prestigio militar en el noroeste del país, liberando Sinaloa del dominio imperial: se llamaba Ramón Corona.

¿Y los otros? ¿Quiénes eran? ¿De dónde venían? Estaba el general Nicolás Régules, un español que había elegido México para hacer su hogar y su familia; lo precedía la fama de hombre generoso, pues había perdonado la vida a una legión de soldados belgas que, en un combate en tierra michoacana, se había atrevido a usar como escudos humanos a la esposa y a los hijos de Régules.

Estaba en Querétaro también el general Sóstenes Rocha, de largo historial militar; andaba ahí otro general, Benigno Canto, que a la vuelta de los años acabaría peleadísimo con Juárez. Dos hijos del extinto título del marquesado de Guadalupe, José y Pedro Rincón Gallardo, importándoles muy poco que se les raspara el escudo de armas novohispano en el campo de batalla, tenían el grado de coroneles republicanos. Diecinueve generales y una docena de coroneles, integraban el círculo de mando de las fuerzas sitiadoras.

De entre todos ellos, había un par, muy versado en la célebre “guerrilla de pluma” a la que alguna vez aludiera Guillermo Prieto. Uno era indio guerrerense, de Tixtla, para ser exactos; el otro, capitalino hijo de un gobernador de la Ciudad de México. Los unía la militancia liberal y la creencia de que si eran hábiles con las palabras, no había impedimento para manejarse bien con la espada. Sus nombres eran conocidísimos en la república de las letras: eran el general Vicente Riva Palacio y el coronel de caballería Ignacio Manuel Altamirano.

Riva Palacio no podía quedarse quieto. Pagando de sus propios recursos, había armado una guerrilla con la que había pasado buen tiempo peleando contra los franceses en Michoacán. Como era incorregible, se dio tiempo para armar un periódico satírico, donde se daba vuelo ridiculizando al imperio, al emperador y a sus lugartenientes. El dichoso periódico se llamaba El Pito Real y su lema era “cuando pitos, flautas, cuando flautas, pitos”. Uno de sus grandes éxitos poéticos era la graciosa cancioncilla que todo mundo cantaba en la primavera de 1867, “Adiós, mamá Carlota”, compuesta para la emperatriz de México el día que abandonó el territorio nacional. Pero como al fin y al cabo Riva Palacio era patriota, y era valiente y amaba la aventura, se sumó con sus hombres al sitio queretano, en busca de la gloria.

Quizá era también la gloria lo que buscaba el coronel Ignacio Manuel Altamirano, que desde los tiempos de la Guerra de Reforma se moría de ganas de defender sus ideas liberales en el campo de batalla. Y no había podido concretar su sueño. Cuando la invasión francesa lo obligó a dejar la Ciudad de México, en 1865, llevaba bajo el brazo el nombramiento de coronel de caballería y el permiso para armar guerrillas en las cercanías de Cuernavaca o en el rumbo que más le acomodara.

Altamirano se había ido a su tierra, a Tixtla, a esperar el momento propicio para involucrarse en los combates. Allí se enfrentó a Diego Álvarez, el hijo de su protector político, el viejo cacique Juan Álvarez, ¿la causa de la disputa? Altamirano urgía a organizarse, levantar tropa y dirigirse a donde se les necesitara. Diego Álvarez, una especie de “junior” decimonónico, se resistía a la acción y le reclamaba a Altamirano que alborotara al viejo don Juan con sueños de guerra.

Finalmente, la disputa se convirtió en ruptura. Altamirano se unió a otro guerrerense, ese sí organizado, el general Vicente Jiménez, y con él se fue a Querétaro, a integrarse al grueso de las fuerzas republicanas, e incluso obtuvo menciones de su valor en combate.

Un ejército variopinto, con poetas y literatos, con rancheros y nombres de rancia prosapia; ésos eran los hombres que defendían el gobierno de Juárez, y con él el proyecto liberal y republicano para México.

**Pie de foto completo: Esta curiosa fotografía se tomó una vez en Querétaro cayó en manos de republicanos. Los dos personajes que aparecen de pie no han sido identificados, pero la notoriedad de los tres hombres sentados llega hasta el siglo XXI: a la izquierda, puro en mano, el general Vicente Riva Palacio que haría larga carrera de escritor. Al centro, el segundo al mando del ejército republicano, el general Ramón Corona. En el extremo derecho, sin su larga melena de poeta liberal, el coronel Ignacio Manuel Altamirano.

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