
Primera parte
Las mujeres se fueron, ahuyentadas por el pánico generalizado de quien les ofrecía albergue o trabajo, por la ruina económica, la discriminación y el desamparo…
“Eres un foco de contagio”, les dijeron.
Se marcharon abatidas, apenas con un par de costales remendados como único patrimonio, sin empleo y sin dinero. Unas, llevaban a sus chiquillos entre brazos; otras, se fueron despacio, como suplicándole al tiempo una tregua, una pausa, porque no resistirían volver a sus pueblos después de meses o años de ausencia y ver correr a sus hijos con esa ilusión sólo posible en la ingenuidad de no tener nada y desearlo todo.
“Mamá, ¿qué me trajiste?”…
Hace unos días, se preguntó al subsecretario de Salud Hugo López-Gatell si la desmovilización en las grandes ciudades del país por el coronavirus provocaría un éxodo de personas a sus comunidades de origen, con el riesgo de propagación más allá de los centros urbanos.
“De acuerdo a las estadísticas demográficas, en los 70´s y 80´s -del siglo pasado- la sociedad campesina empobrecida que mandó a la gente a vivir a las ciudades tenía un fenómeno de retorno muy grande. Desde los 80´s hasta la fecha se volvió una migración estable en las ciudades. Internamente es improbable que veamos en grandes números o en proporciones pequeñas regresos al origen rural desde las ciudades, incluida la CDMX”, respondió.
Pero el COVID-19 ha arrasado con proyecciones y deseos, y las historias de retorno migratorio comenzaron ya a contarse. Nos situamos tan sólo en una estampa…
De la atribulada huida hacia Huautla de Jiménez, donde reside la etnia oaxaqueña de los mazatecos y donde vivió la curandera María Sabina, célebre por los viajes astrales de sus hongos alucinógenos o “niños santos”, como ella les decía, nos enteramos por Mariam Pérez, una joven de 21 años cuyo anhelo siempre había sido ser abogada. Así, en pasado, porque al menos por ahora no hay siquiera una pequeña luz por encender.
Mariam Pérez
Ella misma se sumó a la lista de mujeres peregrinas: volvió a casa, agobiada por el naufragio permanente en el sistema de Universidades del Bienestar Benito Juárez -estudiaba Derecho en la sucursal de CDMX-, cuyas deficiencias se acentuaron en los días de la pandemia. “La escuela ya de por sí estaba parada, sin ninguna posibilidad de aprender. Vino lo del virus y me quedé sin empleo. Sin seguro ni nada, me sentí desprotegida ante un posible contagio y mejor me regresé, porque no tengo dinero para solventar los gastos”.
Sus ojos fueron los nuestros, y una de sus frases marcó el camino: “Todos los días está volviendo gente al pueblo”. Registramos los regresos tristes: comenzaron a contabilizarse por decenas. La mayoría eran mujeres, dedicadas en los últimos años al trabajo doméstico en la CDMX, en la capital poblana o en la ciudad de Tehuacán. Algunas trabajaban en pequeños o medianos negocios, quebrados o cerrados por la enfermedad. Y en los momentos críticos, su realidad emergió: carecían de contratos, de seguro social, de formalidad laboral y falta de compromiso de sus patrones:
“¡Ya no te puedo dar trabajo, mejor regrésate a tu tierra!”…
En muchos de los despidos, no hubo liquidación ni compensaciones. Tampoco la esperanza de empleo tras el fin de la cuarentena.
Aspecto de Huautla de Jiménez
Así conocimos a Silvia Quiroga Hernández, de 42 años, quien retornó a la casa tambaleante donde vivieron sus padres.
Desde hace 15 años laboraba como trabajadora doméstica en Tehuacán. Rentaba un cuarto diminuto en la colonia Palmas de esa ciudad, una zona de marginación extrema y falta de servicios. No podía vivir de otra manera, por el apuro cotidiano de enviar centavos a sus tres hijos, todos menores de edad. Su esposo murió hace años, pero es un tema taladrante para el corazón y evita sumergirse en los recuerdos.
-¿Por qué volviste al pueblo?- se le preguntó.
Ella retardó la respuesta, como afligida, con una voz apagada, apenas perceptible.
-Es que mis patrones me corrieron- soltó al fin.
-¿Qué te dijeron?
-Que ya no podía ir a ayudarles, porque se sentían inseguros conmigo. El trayecto era largo para llegar a su casa y andaba mucho en transporte público. “Nos vas a contagiar”, decían.
Antes de la despedida le dieron mil pesos, correspondiente a una semana de sueldo. “No podemos darte más, las cosas están difíciles”.
“Me gusta mucho mi pueblo, estoy con mi gente y algunos tratan de ayudarme con lo poquito de tienen, pero aquí es muy complicado vivir”.
Pareció faltarle el aire cuando se le situó en el futuro: sabe de la dificultad de trasladarse de nuevo a una ciudad al culminar la emergencia.
“Ya no estoy para volver a comenzar. Tal vez Diosito quiere que muera en mi tierra. Regresé y lo más seguro es que sea para siempre, porque mis patrones sólo dijeron que si algún día requerían mis servicios, me llamarían”.
Silvia Quiroga en su puesto
La mujer volvió a Huautla entre sollozos, arrastrando los costales repletos de ropa y zapatos usados. Los acumuló durante su estancia en la ciudad, regalo de familias con las cuales trabajó o de vecinos generosos. Ahora esos costales son su gran tesoro y le han permitido subsistir en estas jornadas de tormento.
“Los días de plaza vendo mis cositas de segunda mano para darles de comer a mis hijos, soy viuda y solo dependen de mí. Se vende muy poco, pero cualquier moneda es buena”.
Logró también colocarse en una casa para el servicio doméstico, pero sólo un día a la semana: le pagan 70 pesos.
“Estoy sufriendo mucho por el coronavirus, porque hay días en que me ha costado mucho llevarles de comer a mis hijos. Un día no tenía nada: en la casa donde me dieron trabajo me regalaron un poco de comida. No alcanzó para todos: 'coman ustedes', les dije a mis tres chamacos. '¿Y tú, mamá?', me preguntaban. 'Yo ya comí, no se preocupen', les decía, pero no era cierto. Ese día, me quedé sin comer”…
ijsm
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