Opinión

Un mundo aparte

(La Crónica de Hoy)

El mes de diciembre es siempre ocasión para conocer y recrear estampas invernales de paisajes dominados por la nieve y especies arbóreas de características muy especiales. Sin embargo, pocas son las oportunidades para percibir con todo su realismo los ambientes humanos que forman parte de tales estampas. Quizás por la evidente distancia cultural que nos separa, o simplemente por tratarse de una actividad lúdica, lo que nos llega de escenarios de pinos y cumbres llenas de cabañas son simplemente imágenes; bellas e impresionantes sin duda, pero solamente imágenes.

La calma que parece perfilarse para los próximos días me brinda la oportunidad de compartir la experiencia de haber conocido y formado parte de un entorno único, intensamente cálido y pletórico de virtudes. La experiencia de haber vivido —aunque sólo fuera por unas cuantas semanas— en un mundo aparte, en un mundo mágico.

Vallfogona de Ripollés es un pequeño municipio enclavado en la Cordillera de los Pirineos, dentro de la Provincia de Girona, cuna innegable del Catalanismo. Con todo su vigor y fuerte personalidad, Vallfogona —como le llaman sus habitantes— es muestra viva de las contradicciones que envuelven a sociedades en constante cambio, como la española y la catalana, en particular. Al tiempo que mantiene un perfil social y productivo de carácter rural, en el que las familias reproducen tradiciones centenarias, el municipio debe someterse a las presiones que le vienen del proceso de urbanización y de la integración con una Europa Unificada, que parece indiferente ante los localismos y sus necesidades particulares. Ambos procesos han llevado a que el municipio haya tenido que ceder su producción de leche y carne para cumplir con los estrictos acuerdos de un sistema de cuotas de producción en el ámbito europeo. Así también, las necesidades de una mayor movilidad entre ciudades hicieron que la tradicional carretera nacional 260, que comunica a Vallfogona con la Costa Mediterránea, dejara de ser la principal vía de paso para viajeros internacionales.

Pese a todo ello, en Vallfogona se respira aún la calma propia de aquellas sociedades que asientan su existencia en creencias, valores y prácticas concebidas siglos atrás, pero que mantienen su plena vigencia por su uso cotidiano. En este paraje montañés los días transcurren, como dice el filósofo, sin prisa pero sin pausa. Al amanecer, la luz del sol llega siempre tarde, pues los vallfogoninos inician la labor antes que lo haga el astro rey. Durante las horas del día, el pueblo siempre ofrece uno que otro placer insospechado. Desde el olor del pan recién hecho que emerge del Forn de Pa, hasta el indescriptible aliento que emiten la Escudella o el guiso de conejo que María, la madre de la Alcaldesa, elabora en estricto apego a una receta que no es posible conocer, porque no está escrita —ni lo estará— en ningún lugar. Ni que decir de la posibilidad de encontrarse con alguno de los vecinos que, aunque siempre ocupados, jamás negarán una sonrisa y una frase amable para comenzar una conversación breve, pero substanciosa.

La vida institucional de Vallfogona es tan sólida e intensa como la que puede exhibir el mismísimo Ayuntamiento de Barcelona, guardadas las debidas proporciones. Las elecciones se ganan por pocos votos y no hay asunto público que no genere polémica en las sesiones semanales de Cabildo. De unos pocos años a la fecha, el gobierno municipal está en manos de una nueva generación de ciudadanos que, con su empeño y desmedido amor por su tierra, marcan una diferencia sutil, pero importante. Para esta nueva generación, el destino del municipio y su gente no puede estar a merced de las decisiones de gobiernos y empresas ubicados a cientos de kilómetros. Por el contrario, cual versión localista de una Doctrina Monroe, la valiente Alcaldesa sostiene enfáticamente que el futuro de Vallfogona está en manos de sus pobladores.

Y no se trata sólo de una frase políticamente adecuada. Para Carme Freixa, la alcaldesa, el municipio cuenta con riquezas y atractivos suficientes para hacerlo un lugar digno de habitar y visitar. En su entorno inmediato se puede practicar, por lo menos, el senderismo en una docena de rutas que incluyen sitios históricos como la iglesia y el puente románicos y paisajes naturales únicos; así como opciones desafiantes para la bicicleta de montaña. Además existe una cantidad importante de Masias que, por su arquitectura y belleza natural, son sitios ideales para una segunda residencia y para pasar temporadas de meditación y reflexión personal, tal y como sucedió con quien suscribe estas líneas.

A estos elementos hay que agregar la peculiar vida cultural que tiene el municipio. A lo largo del año, las festividades se van sumando a un ritmo que puede resultar difícil de seguir para quien no forma parte del Ajuntament o de la Comisión de Fiestas. En la Plaza Medieval del pueblo uno puede ser partícipe inesperado de fiestas como el Ball del Roser que se celebra en mayo; o apreciar la Sardanas que pueden agrupar hasta 50 personas, bailando a un mismo ritmo y sin perder ninguno de ellos la cadencia. No menos espectacular resulta la Tallada de Troncs en la que el reto reside en cortar con astucia, más que con fuerza, un grueso árbol antes de que lo haga el equipo contrario.

Pero más allá de circunstancias particulares, lo que distingue a este pequeño pueblo es su voluntad de ser. Una voluntad que se expresa en la escrupulosa atención del calendario de fiestas y celebraciones; en la elaboración artesanal de embutidos con un sabor propio e irrepetible; en el cuidado de la naturaleza y sus recursos; y en la conservación de una forma de vida que —por difícil que parezca— es compatible con las distorsiones y extremismos que la era de la globalización nos ha traído de forma irremediable. Por todo ello, sólo resta decir: ¡Larga vida para Vallfogona y todo lo que ella representa!

* Analista político-administrativo

ppsosa@hotmail.com

Copyright © 2007 La Crónica de Hoy .

Lo más relevante en México