Cronomicón

La exposición reúne 70 piezas y estará abierta al público hasta abril en uno de los espacios urbanos más grandes de Latinoamérica

Simón Cruz explora el pensamiento en movimiento con “Naturaleza no muerta” en Makalá INK

Para Simón Cruz, la pintura no fue una vocación temprana ni una herencia inevitable. No nació pintando, como suele decirse en el imaginario artístico. Llegó al arte a los 26 años, después de una larga convivencia con el silencio, la introspección y una búsqueda constante por encontrar una voz propia. Hoy, casi dos décadas después, esa necesidad inicial se materializa en Naturaleza no muerta, la exposición que actualmente se presenta en Makalá INK, un espacio que fusiona el arte plástico con la estética urbana del tatuaje.

Naturaleza no muerta (Cortesía)

“Creo que el arte tiene esta dinámica de dialogar cuando vives mucho en silencio”, explica Cruz. Introvertido, incluso todavía hoy, encontró en la pintura un lenguaje que le permitió ser él mismo sin mediaciones. Antes de eso, su aspiración era otra: quería ser músico. Sin embargo, la vida lo llevó por un camino distinto, uno que lo condujo a la plástica como una forma de vincularse, de pertenecer y de hacer algo que sintiera verdaderamente importante.

Ese impulso inicial no surgió de una epifanía técnica, sino de una necesidad profundamente humana: conectar. “En algún punto de tu vida quieres hacer algo importante”, reflexiona. A partir de ahí, el trabajo artístico se volvió también un proceso de descubrimiento personal, lleno de hallazgos que, con el tiempo, le han devuelto mucho más de lo que imaginó.

Flyer (Cortesía)

Evolucionar es desaprender

Cuando se le pregunta por la evolución de su obra, Simón Cruz responde sin solemnidad: más que evolucionar, dice, su arte ha involucionado. No en el sentido de retroceder, sino de soltar certezas. Para él, el arte no funciona bajo la lógica del expertise o de la perfección académica, sino desde la improvisación cotidiana y la experimentación constante.

Naturaleza no muerta (Cortesía)

“No hay defecto en el arte”, afirma. Una línea chueca es perfecta, cargada de símbolos. Con el paso del tiempo, Cruz ha aprendido a desaprender: dejar atrás la rigidez de querer decir algo exacto, emocionalmente puntual y completamente entendible, para abrir el trabajo a un diálogo más amplio, donde el espectador también participa. Intentar que la obra sea comprendida de una sola forma, dice, solo conduce al conflicto.

Su proceso creativo se ha nutrido tanto de la práctica pictórica como de la lectura. Aunque no se considera poeta, su discurso está atravesado por una sensibilidad literaria evidente. Es lector apasionado de filosofía y de distintas formas de pensamiento, convencido de que contar historias —ya sea desde la pintura, la música o incluso el silencio— no depende únicamente de experiencias vividas, sino de todo aquello que se absorbe: ideas ajenas, información, sonidos, imágenes.

Sensibilidad, música y oficio

La música, aunque no fue su destino profesional, sigue siendo una referencia clave. La vinculación entre las artes, explica, ocurre desde la sensibilidad humana. Todas las bellas artes responden a una misma necesidad: empatizar con distintas filosofías de vida. Danza, pintura, escultura, fotografía; todas dialogan con el comportamiento del ser y con la forma en que cada individuo habita el mundo.

Aunque los temas que lo atraviesan no han cambiado radicalmente con los años —el sufrimiento y la felicidad siguen siendo los mismos—, sí reconoce que el tiempo modifica la forma de experimentarlos. “La gente sufre por lo mismo y se pone feliz por las mismas cosas”, dice. La emoción, incluso en lo mínimo, permanece: antes, recuerda, traer 20 pesos en la bolsa era motivo de una gran alegría.

Naturaleza no muerta (Cortesía)

En cuanto a la industria del arte, Cruz observa con claridad sus tensiones. Para él, el problema surge cuando la creación se supedita completamente a la venta. Muchos artistas dejan de producir si el arte no funciona como negocio. Sin embargo, señala que el arte no opera bajo la lógica de la producción en masa: no hay copias idénticas, no hay demanda infinita. Su valor está precisamente en su singularidad.

“Yo hago diez cuadros y vendo uno, y eso ya es garantía”, afirma. Hay obras que se venden apenas se terminan y otras que pasan años embodegadas. Pero todas deben seguir en circulación, porque guardarlas es ponerle una barrera a la experimentación. Un cuadro terminado, incluso, puede voltearse para seguir aprendiendo de él.

La disciplina, más que el estado de ánimo, es lo que lo conecta con el oficio del hacer. Crear es trabajo, constancia, pero también pausa. Dejar que la mente descanse, explica, es indispensable para que surjan nuevas ideas.

El arte, los espacios y la difusión

Simón Cruz ha expuesto en distintos países y confirma que la percepción del arte cambia radicalmente según el contexto cultural, social y económico. En México, observa, muchas personas no asisten a museos por miedo a no entender lo que están viendo. El arte se ha postulado, durante años, como un producto destinado a ciertos sectores, lo que genera distancia.

A esto se suma la falta de difusión cultural y de espacios suficientes para la enorme cantidad de artistas que existen en Guadalajara. Aunque reconoce que no todos los trabajos son igual de sólidos, sí insiste en que hay muchísimos artistas con propuestas valiosas e interesantes que no encuentran dónde mostrarse.

Las redes sociales, admite, hoy funcionan como galerías, pero la experiencia física del arte es insustituible. Por eso subraya la importancia de los medios de comunicación como puentes de visibilidad. Sin medios, dice, el artista pierde una parte fundamental de su función social.

“Naturaleza no muerta”: pensamiento en movimiento

La exposición Naturaleza no muerta permanecerá en Makalá INK hasta abril. El espacio, considerado el estudio de tatuaje más grande de Latinoamérica, cuenta con una estética urbana que dialoga de manera natural con la obra de Cruz. La muestra reúne cerca de 70 piezas, muchas de ellas realizadas durante la pandemia para una exposición en Barcelona y otras más recientes, algunas con hasta tres años de antigüedad.

Naturaleza no muerta (Cortesía)

El título responde a una reflexión compleja: bautizar una obra siempre es uno de los procesos más difíciles. Naturaleza no muerta alude a la invención constante del pensamiento, al movimiento permanente. De ahí la presencia reiterada de ojos, deformaciones y composiciones circulares. Nada muere, todo permanece vigente.

Cada pieza tiene su propio nombre, aunque todas dialogan dentro de la misma dinámica conceptual. La expectativa, aclara el artista, no es vender ni recibir una respuesta específica, sino el gozo de la conexión: que al espectador le guste o no, pero que se encuentre con algo propio en la obra.

“Los cuadros se viven sin miedo”, sostiene. El miedo, dice, está en opinar. Y la opinión es una forma legítima de ejercer la libertad de expresión. Una exposición es una confrontación con las propias ideas y creencias; lo que cada persona ve en una obra es, al final, un reflejo de cómo se habita a sí misma.

Lo que viene

Actualmente, Simón Cruz trabaja en una escultura monumental que formará parte de la ruta escultórica que se instalará en la ciudad en abril, posiblemente en el marco de las actividades rumbo al Mundial. Paralelamente, desarrolla un documental sobre su trayectoria junto al realizador Damián de Julián, mientras continúa pintando y explorando nuevos lenguajes plásticos.

Naturaleza no muerta no es un punto de llegada, sino una pausa en un proceso que sigue en movimiento, fiel a la idea que atraviesa toda la obra de Simón Cruz: nada está fijo, nada se detiene, todo sigue dialogando.

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