Cronomicón

Cuento de SOGEM

El último minuto

. .

El monitor no dejaba de sonar.

Ese pitido agudo, constante, le atravesaba la cabeza como una aguja. Cristina llevaba doce horas de pie en el quirófano. Doce horas con las manos firmes y la mente obligada a no temblar. Doce horas sosteniendo una vida que parecía empeñada en escaparse.

––Presión bajando ––anunció alguien a su izquierda.

La luz blanca sobre el cuerpo abierto comenzaba a volverse borrosa. O tal vez eran sus ojos. Parpadeó. El sudor le recorría la espalda.

No podía fallar. No ahora. Pero entonces el sonido cambió.

Un pitido largo.

Plano.

El corazón del paciente se había detenido.

––Carga a 200 ––ordenó, aunque su voz sonó lejana, como si no fuera suya. En ese instante algo se quebró.

El quirófano pareció expandirse. Las paredes se estiraron como si fueran de goma. El monitor comenzó a multiplicarse frente a ella: uno, dos, tres… todos marcando líneas planas. El paciente abrió los ojos.

La miró.

––No fuiste lo suficiente rápida ––susurró.

Cristina retrocedió.

––Eso no es real ––murmuró.

El anestesiólogo la observaba sin entender. Nadie más parecía haber escuchado la voz.

––Doctora… ¿todo bien?

Pero ella no estaba segura.

La camilla se movía sola. Las luces titilaban. El reflejo en la superficie metálica del instrumental no coincidía con sus movimientos. En el acero pulido vio otra versión de sí misma: ojeras más profundas, sonrisa torcida, mirada vacía.

––Te advertí que no podías salvarlos a todos ––dijo su reflejo.

El pitido se hizo insoportable. Cristina cerró los ojos un segundo.

Solo un segundo.

Cuando los abrió, el paciente estaba sentado sobre la mesa quirúrgica, cubierto de sangre, mirándola fijamente.

––Estoy muerto ––afirmó.

Ella dio un paso atrás y chocó contra la bandeja de instrumentos. El ruido metálico la sacudió.

––¡Desfibrilador listo! ––gritó alguien.

La realidad regresó a golpes. El paciente seguía inconsciente. Nadie estaba sentado. Nadie hablaba. El monitor seguía en línea plana.

––Descarga.

El cuerpo saltó sobre la mesa. Nada.

Su mente empezaba a fragmentarse. El cansancio la arrastraba como arena en los ojos.

¿Cuánto tiempo llevaba sin dormir? ¿Veinticuatro horas? ¿Treinta?

––Otra vez.

Descarga. La línea titubeó. Un pequeño pico. Luego otro. El monitor volvió a latir. El pulso débil, pero real.

El quirófano recuperó su tamaño normal. Las paredes dejaron de respirar. El reflejo volvió a obedecerla.

Cristina sintió que las piernas le fallaban. El paciente estaba vivo. O eso parecía. Se quitó los guantes con manos temblorosas. El pitido ahora era rítmico, constante, estable. Pero mientras salía del quirófano, creyó escuchar algo detrás de ella.

––Todavía no termina.

Se giró de inmediato. El paciente seguía dormido. El monitor marcaba vida. El equipo celebraba en voz baja.

Cristina caminó hacia el pasillo intentando convencerse de que todo había sido producto de agotamiento extremo. Una mente forzada más allá del límite empieza a fabricar monstruos.

Sin embargo, al pasar frente a una ventana, vio su reflejo.

Y su reflejo le sonríe.

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