
Y así me encontraba frente a la hoja en blanco más despiadada de todas: la del currículum vitae. Aquella hoja, dueña de mi futuro, cuyo fin más predecible es perderse entre la multitud de basura digital que entra a los servidores de los departamentos de recursos humanos. Y si un milagro ocurre, es leído por un becario explotado.
Esta hoja sigue en blanco y mi mente deambula entre posibilidades.
Podría ser contratado por una startup, una empresa de aspiraciones rimbombantes donde la meritocracia se diluiría en un juego macabro de échaleganismo: ponerse la camiseta, desvelarse, sacrificar cualquier indicio de vida sana para cumplirle el sueño a alguien más. Las oportunidades de crecimiento, además de ser prácticamente nulas, vendrían acompañadas de una recompensa perversa: cuando la empresa fuera absorbida por otra más grande, nos echarían a todo el equipo original. Y de nuevo a la hoja en blanco.
A lo mejor a la siguiente ya aplicaría a una empresa global, con un currículum. optimizado para buscadores. Exageraría cada experiencia que he tenido para parecer un genio. Durante las entrevistas diría que mi peor defecto es ser demasiado perfeccionista, que no me da miedo dar lo mejor de mí, que mis ambiciones por subir la escalera corporativa son casi tan desmedidas como mi adicción al café. Ellos, en cambio, me dirían que en esa empresa todos son una familia, y yo asentiría, aunque sabría que las familias no despiden por correo un viernes por la tarde. La hoja en blanco iluminaría mi rostro, cada vez más derrotado.
Entraría después al sector público, con un currículum ya muy pulido, tal vez por recomendación de un excompañero. Ahora podría asegurar una pensión. Los años se pasarían lento, colmados de trámites interminables, jerarquías inmóviles y lealtades mal entendidas. Luces fluorescentes, sillas sin ergonomía. Ahí aprendería de paciencia para obedecer, callar y firmar sin preguntar. Las oportunidades se terminarían de esfumar al siguiente cambio de administración. Y ya no habría más hojas en blanco a las cuales aspirar a esa edad.
Este suplicio de vida sería posible si tan solo me animara a teclear mi nombre en esta hoja en blanco. Aún intacta.