En el ecosistema del Festival Internacional de Cine en Guadalajara (FICG), siempre hay un momento en que la saturación de imágenes se detiene ante una propuesta que respira con pulmones propios, y este año esa pausa necesaria lleva por nombre Oca, la deslumbrante ópera prima de Karla Badillo. Se dice pronto, pero estamos ante una de las verdaderas JOYAS de la selección, una cinta que utiliza la quietud para gritar verdades que a menudo preferimos ignorar.

La historia nos presenta a Rafaela, interpretada con una contención magistral por Natalia Solián, una joven monja atrapada en una congregación que respira sus últimos aires de gloria. Entre la precariedad de los muros del convento y una serie de ensoñaciones recurrentes que parecen profecías cumplidas, Rafaela es enviada a una misión casi administrativa pero cargada de simbolismo: viajar a San Vicente para localizar al nuevo arzobispo y pedir auxilio para su hogar. Lo que inicia como un trámite se transforma rápidamente en una road movie atravesada por lo onírico, donde el desplazamiento físico por rutas y pueblos se vuelve un mapa de sus propias dudas espirituales.
Resulta sorprendente que, siendo su primer largometraje, Karla Badillo demuestre un pulso tan firme para dirigir a un elenco de bastante abolengo. No es tarea fácil para una debutante controlar y dar una identidad tan precisa a figuras de la talla de Daniel Giménez Cacho y Dolores Heredia, quienes aquí se despojan de cualquier artificio para ponerse al servicio de una narrativa austera. Badillo logra que este choque de trayectorias resulte en una armonía naturalista, donde el peso de los actores consagrados no aplasta la frescura de Solián, sino que la sostiene en este tránsito místico.
La crítica que subyace en el corazón de Oca es de una lucidez punzante. En tiempos de crisis sistémica, la sociedad iberoamericana suele refugiarse en lo que conoce: la religión. Badillo nos invita a reflexionar sobre la fe no como un dogma ciego, sino como ese último clavo ardiendo al que nos aferramos frente a las decepciones del capitalismo moderno. Cuando las promesas de progreso fallan y la precariedad nos alcanza, la estructura de la fe ofrece una certeza que el mercado no puede comprar.
Es inevitable encontrar en esta travesía ciertos paralelismos con la aventura de Nazarín de Luis Buñuel. Al igual que en la obra del maestro aragonés, aquí la santidad y la realidad colisionan en el camino; Rafaela busca descifrar si sus visiones son señales divinas o simplemente el eco de una percepción que se sale de los márgenes religiosos. Al final, Oca nos recuerda que el cine más poderoso es aquel que, en medio del ruido contemporáneo, se atreve a filmar el silencio de una búsqueda espiritual que nunca termina por resolverse. Una recomendación imperdible para entender hacia dónde se dirige el nuevo cine mexicano.