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Crónica

Los monstruos eran más humanos

Camino por la Croisette y el aire de este 2026 se siente extrañamente pesado, cargado de una bruma que no es marina, sino de esa nostalgia que muerde cuando uno se da cuenta de cuánto hemos perdido en el trayecto. Estoy aquí, en Cannes, viendo cómo el Palais se rinde ante el regreso de una de esas obras que no solo se ven, sino que se sangran. Han pasado veinte años desde que Guillermo del Toro nos entregó El Laberinto del Fauno, y verlo hoy aquí, consagrado como la leyenda que siempre supimos que era, me genera una melancolía agridulce.

Lo recuerdo bien, aquel joven cineasta que traía sus monstruos bajo el brazo desde México, desafiando a una industria que no sabía dónde encasillar su mirada. Lo he visto evolucionar, puliendo su técnica con la precisión de un orfebre pero sin perder jamás esa esencia artesanal que tanto defendemos quienes aún creemos en el cine que nos mueve las entrañas. Guillermo se ha ganado su sitio a pulso, no por seguir fórmulas, sino por desobedecerlas todas.

Hay algo de dolor al revisitar la historia de Ofelia en este presente. Me resuena en la mente, como un eco de advertencia, esa sentencia que el Doctor Ferreiro le lanza a la cara al Capitán Vidal: “Es que obedecer por obedecer así, sin pensarlo, eso solo lo hacen gentes como usted, capitán”. Es aterrador pensar que, dos décadas después, esa frase nos describe mejor a nosotros que a los personajes de la posguerra. Hoy, bajo el dominio de un algoritmo-fascismo que nos dicta qué desear y cómo pensar, parecemos haber renunciado a esa libertad que Del Toro nos imploraba proteger. En este 2026, con la sociedad replegándose en fanatismos y rigideces que creíamos superadas hace cuarenta años, la obediencia ciega a la pantalla se ha vuelto nuestra nueva religión.

Ver a Guillermo volver a donde todo comenzó, convertido en un gigante, es el único consuelo en este panorama gris. Él es el ejemplo vivo de que la fantasía es la herramienta política más poderosa que tenemos para cuestionar la realidad. Mientras el mundo se vuelve más frío y programado, sus monstruos siguen siendo más humanos que quienes nos gobiernan a través de códigos de datos. Me quedo con esa imagen: la de un hombre que nunca dejó de creer en la belleza de lo diferente, recordándonos que desobedecer es, quizás, el único acto de amor que nos queda para no terminar convertidos en el triste reflejo de un capitán sin alma.

Desde Cannes, para APUNTESdeCINE y La Crónica de Hoy.

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