“El equipo tricolor
Tiene mucho corazón
Y en la cancha
¡Lo demostraraaaaaaaaan!”
En el México 86 yo contaba con 14 años. Iba a la Secundaria 23 Mixta, que estaba muy cerca del Hospicio Cabañas y de Plaza Tapatía, con su churro monumental.
En los días del Mundial no había clases. Brasil jugó en nuestra ciudad, así que hubo batucada, brasileños y brasileñas por toda la ciudad. ¡Fiestón loco!
De los partidos de México ni me acuerdo.
Siendo del grupo de los que tuvieron papá que un día salió por cigarros y aún no regresa, mi filia hacia el futbol es muy precaria. A eso hay que añadirle que era malísimo como portero en el fut de la calle, en el barrio. Pos bueno, era de los que elegían al final y se echaban un volado para ver con quién me iba.
Total, que un día me harté, anoté gol —no sé si fue a favor o en contra de mi equipo—. Lo celebré, lo festejé como los grandes y me retiré del juego en la gloria.
Solo futbolitos jugué después.
Vinieron más mundiales y México, nomás Nacho Ambriz; o sea, nomás nada, pescadito.
Es el tercer Mundial en mi México querido y nomás no se ve nada claro.
Y es que en el país el futbol es religión.
En la reciente final de Pumas vs. Cruz Azul, un aficionado puma declaraba, muy molesto, por no decir encabronadísimo. Decía:
“¡PAGAMOS 25 MIL PESOS POR BOLETO PA’ VER PERDER A ESTOS PEN.....!”.
¿Neta? ¿Pagar tanto por ver a tu equipo?
Pues sí, se le llama pasión por el futbol.
Los romanos daban al pueblo pan y circo cuando los problemas de la población eran demasiados.
En Google puedes encontrar la explicación:
La expresión “pan y circo” (panem et circenses, en latín) es una crítica acuñada por el poeta romano Juvenal en el siglo I d. C. Describe una estrategia política y populista en la que el gobierno mantiene a la población pasiva, distraída y bajo control, ofreciéndole comida fácil y entretenimiento superficial.
El origen romano. En el Imperio romano, los gobernantes regalaban trigo y organizaban eventos masivos (carreras de cuadrigas y luchas de gladiadores) para evitar revueltas sociales. Según Juvenal, esto provocó que la ciudadanía vendiera su poder político y su libertad a cambio de satisfacer sus necesidades inmediatas de alimentación y ocio.
La diferencia en nuestros días es que el espectáculo es para dejarte sin varito. Bueno, si es que trabajas de obrero o eres empleado de salario mínimo.
El Mundial no es pa’ pobres, ni para pobres de corazón; gente sin pasión.
Ir al estadio te va a costar.
Pero vale la pena.
La emoción de un Mundial no tiene comparación.
Dicen.
Solo se vive una vez.
¡Dios proveerá!
Es un lujo, sí, ¡pero merezco eso y más!
¡Ámonos a festejar que México ganará!
Ojalá.
¡Virgencita de Guadalupe, ayúdanos!
¡Diosito, haz paro, ya nos toca!
¡San Juditas, te prometo ir de rodillas a tu templo si gana la Selección!
Prendan su veladora; ¡qué digo veladora!, ¡unos cirios!
México juega.
Y hay que apoyarlo. Eso me dicen todos los medios de comunicación que me rodean.
El chiste no es ganar gloria deportiva; el chiste es que la derrama económica llene unos bolsillos.
En mi país el fútbol es religión.
En mi país nunca ganaremos un Mundial.
Pero cada que llega un Mundial me emociono.
Porque la esperanza muere al último.
Porque existen los milagros.
Porque sí se puede.
¡Sí se puede!
¡Sí se puede!
¡Sí se puede!
No le hace que después trague puros frijoles.
Ya pues.
¡Vamooooooos, Méxicoooooooo!