En los últimos años, una tendencia ha comenzado a cobrar fuerza entre las lectoras latinoamericanas: leer exclusivamente a mujeres. Cada vez son más quienes deciden dejar fuera de sus listas de lectura a los escritores hombres, como una forma de priorizar las voces femeninas y buscar historias con las que aseguran sentirse más identificadas.
Para muchas lectoras, la decisión surge de una sensación compartida de no encontrar en la literatura escrita por hombres experiencias que reflejen sus inquietudes o su manera de habitar el mundo. Algunas consideran que buena parte de las obras masculinas repiten ciertos temas o retratan a las mujeres desde perspectivas que ya no conectan con ellas.
Sin embargo, la literatura escrita por mujeres también presenta recurrencias temáticas. En los últimos años se ha observado una presencia constante de relatos sobre la maternidad, la relación con la figura materna, la experiencia de ser hija, los vínculos con hombres mayores o la construcción de la identidad femenina.
Pese a ello, quienes siguen esta tendencia consideran que cada autora aborda estos temas desde una experiencia profundamente personal. Esa dimensión íntima es la que, aseguran, permite que muchas lectoras se reconozcan en los textos y encuentren un reflejo de vivencias que pocas veces habían visto representadas.
Otro de los motivos que explican este fenómeno es la manera en que numerosos escritores han retratado históricamente a las mujeres y las experiencias asociadas a lo femenino. Algunas lectoras consideran que esas representaciones suelen responder a miradas externas o estereotipadas, por lo que prefieren acudir a autoras que escriben desde su propia experiencia.
Aunque no se trata de un movimiento organizado ni de una regla general, el acuerdo tácito de “leer solo a mujeres” se ha vuelto una conversación cada vez más frecuente en clubes de lectura, redes sociales y comunidades literarias latinoamericanas, donde las recomendaciones de autoras ocupan un lugar cada vez más relevante.