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La clave son los Baby Boomers para entender el progresismo de los millennials y el neoconservadurismo de los centennials

Antiguamente, los hombres creían fielmente que el día, la hora y el lugar de su nacimiento marcaban su destino. Esta ciencia milenaria de las causalidades celestes y su influencia en el individuo la conocemos hoy en día como astrología.

En las estrellas y los planetas, para los creyentes en el horóscopo y las cartas astrales, estarían escrituradas en el anchuroso firmamento nuestra personalidad y la ruta a seguir en la vida.

En la modernidad se habló mucho del “alma nacional” o del ethos colectivo. Todos, por proceder de una misma tierra, compartir una cultura y heredar tradiciones comunes, adquiriríamos una idiosincrasia particular.

Diferentes generaciones

Esta idea aún permanece; sin embargo, entra en conflicto, por su carácter determinista, al igual que la astrología, con el cosmopolitismo de las sociedades globales y su ideal de una ciudadanía planetaria y un humanismo unificador.

Ya no es el espacio, sino el tiempo en que se nace, el factor determinante en la impresión de nuestros rasgos culturales; pues es la época en la que nacemos la que forja nuestros gustos, inclinaciones y referencias, todas gravitando en torno a los productos culturales disponibles y enmarcadas en contextos históricos marcados por los avances tecnológicos.

El nacimiento de Cristo, para las naciones de cuño cristiano, estableció un hito en la historia. Ahora, para todos los pueblos del mundo, el parteaguas calendárico que determina un antes y un después es el surgimiento de Internet y de las nuevas tecnologías de la información. Una humanidad dividida generacionalmente entre migrantes digitales y nativos digitales. Y posiblemente la inteligencia artificial y el metaverso vayan a ser los futuros hitos históricos que marcarán nuevos deslindes generacionales.

Una generación que creció en el contexto de la Guerra Fría, que soñó con los viajes espaciales, que disfrutó de los adelantos de la tecnología analógica y que, sobre todo, cimbró al mundo al emprender revoluciones en distintos ámbitos —el sexual, el cultural, el político e incluso el religioso— es la de los Baby Boomers (nacidos entre 1946 y 1964).

Diferentes generaciones

Los boomers de todo el planeta soñaron e intentaron cambiar el mundo. Fueron soñadores que creyeron en altos ideales de libertad y justicia; que pasaron a la acción en la Primavera de Praga desafiando al imperialismo soviético; que encabezaron las revueltas estudiantiles de México y Francia; que protestaron contra la Guerra de Vietnam; que entonaron el mantra del hipismo global de amor y paz al son de la música de John Lennon; y que se sumaron a la lucha de Martin Luther King y Nelson Mandela contra el supremacismo blanco.

Tal como lo describe Herbert Marcuse, los jóvenes boomers querían instaurar una civilización planetaria del amor. Lo lograron parcialmente, pero no alcanzaron las metas que se trazaron y sucumbieron ante el sistema. El capitalismo y su sociedad de consumo apagaron sus fuegos revolucionarios.

Guardaron la guitarra con la que entonaban sus himnos revolucionarios, se cortaron el cabello, soterraron en el armario la playera del Che Guevara y entraron a trabajar en una empresa o emprendieron su propio negocio para, sentando cabeza, sostener una familia, pagar las letras de un automóvil y la hipoteca de una casa. Los boomers, en una notable ambigüedad, se volvieron conservadores, seguidores de las tradiciones y defensores de las creencias y valores cristianos. De jóvenes incendiarios pasaron a ser adultos bomberos.

Procrearon una generación nihilista, narcisista, consumista e individualista, sin grandes banderas ideológicas, tal como la describe Anthony Giddens, que aprendió la lección de los fracasos políticos de sus padres. Fue una generación tempranamente posmoderna, indiferente o apática ante las doctrinas políticas y religiosas.

Entretenida por la televisión y apasionada por la cultura de masas, la Generación X (nacida entre 1965 y 1980) se entregó al consumismo y a la acumulación, sin medir las consecuencias ambientales ni mostrar remordimientos socioculturales.

Diferentes generaciones

La Generación X no se enorgullecía de sus padres boomers ni de su legado; le importaba más figurar en su testamento. Tuvo que llegar la Generación Y, los millennials (nacidos entre 1981 y 1996), antisistémicos, culturalmente alternativos, esnobistas —véase el caso de los hipsters— y egocéntricos —muchos de ellos unigénitos de familias nucleares o monoparentales—, quienes desempolvaron los panfletos, los vinilos, los manifiestos y las blusas de manta de sus ancestros cercanos: los boomers.

En el seno de la Generación Y emergieron la nueva ola del feminismo, el wokismo, la lucha por los derechos de las comunidades LGBTQ+, el activismo antiespecista, el ambientalismo y la preocupación por el calentamiento global y el deterioro de la naturaleza. Esta generación tomó el ejemplo de sus abuelos: exaltó y homenajeó su memoria, convirtiéndolos en héroes y modelos a seguir.

La siguiente generación, la Z o centennials, esa que salió a protestar incluso con banderas de anime como la de One Piece, experimentó nuevos paradigmas culturales, valores e ideas sociales. Recibió una educación progresista que la preparó para integrarse en una sociedad global, plural, diversa, tolerante e inclusiva, donde el individuo deconstruido tendría la libertad no solo existencial, sino incluso ontológica, de reinventarse siguiendo los dictados de sus deseos, convicciones o autopercepción.

Esta es, hasta el momento, la generación más informada, que ha asimilado las narrativas de la corriente woke, aquella que exalta a los grupos históricamente marginados —indígenas, personas negras, mujeres, lesbianas, personas con discapacidad, personas gordas y neurodivergentes— y que arremete contra quienes considera privilegiados, señalando especialmente a los hombres heterosexuales, blancos, adultos y de clase media o alta.

Los tardíos centennials, como todo buen joven y siguiendo el efecto péndulo, rechazaron parte de ese adoctrinamiento progresista y acudieron también a sus abuelos o bisabuelos boomers, quienes habían abandonado sus ideales revolucionarios y se habían adaptado a las reglas del mundo capitalista, dando un viraje hacia el conservadurismo. “El abuelo va a misa, y en latín; lo acompañaré”, parece decir este joven centennial.

Diferentes generaciones

Ante una sociedad del vacío, relativista y hedonista, el imberbe centennial decidió buscar la solidez y luminosidad de las viejas tradiciones y doctrinas cristianas, en especial las católicas. Definido en su sexo biológico y defensor de valores tradicionales como la virginidad hasta el matrimonio, considera haber aprendido de los errores de las generaciones que le precedieron.

Como indica el título de este artículo, en la ambigüedad ideológica e histórica de los boomers se encuentra una clave interpretativa: ellos inspiraron las insurgencias culturales de los millennials y, en su posterior apaciguamiento conservador, también influyeron en el neoconservadurismo de los centennials tardíos.

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