El Estado, en el ejercicio del poder soberano, establece las leyes que deslindan lo prohibido de lo permitido. Los pueblos, en su devenir histórico, crean normas que establecen lineamientos morales. Y son los individuos, en su interacción cotidiana, quienes implementan convencionalismos sociales, como las reglas de etiqueta, cuya observancia define a una persona como bien educada.
La sana y pacífica convivencia entre los seres humanos necesita de leyes, normas y reglas que frenen moralmente nuestros impulsos violentos, egoístas y narcisistas. Sin un marco normativo en todos sus estratos —político, social, económico, cultural…— viviríamos en la anarquía, donde sería imposible la seguridad y la prosperidad colectiva e individual.

El ahora legendario Manual de Carreño enseñó a las generaciones de la era analógica cuáles eran las reglas de urbanidad que debíamos seguir para no ser maleducados y comportarnos con propiedad.
A pesar de las odas que la postmodernidad le dedica a la libertad en su narrativa de cuño humanista secular, los seres humanos seguimos necesitando prohibiciones, impuestas o consensuadas, que nos indiquen cómo desenvolvernos en sociedades cada vez más plurales, inclusivas y, sobre todo, dependientes y dominadas por la tecnología.
Así como se alzan las voces de educadores y padres de familia sobre la necesidad de restringir a los estudiantes de primaria y secundaria el uso de celulares por cuestiones de aprendizaje, también en países como China se ha acordado imponer toques de queda a los jóvenes en los videojuegos en línea.
La tecnofilia, o nuestro apego a veces desmedido a los dispositivos electrónicos, puede degenerar en conductas patológicas o viciosas. La tecnología no es inocua y, por tanto, su uso no debe dejarse únicamente al juicio de los individuos, sobre todo de aquellos que adolecen de cierta inmadurez psicológica, biológica e incluso moral, como son los niños y los jóvenes.

Las sociedades postmodernas necesitan, con cierta urgencia, crear leyes, normas y reglas que eduquen a las nuevas generaciones en el uso correcto y civilizado de las tecnologías que se van integrando a nuestra vida.
Lo ideal es que cada adelanto tecnológico venga aparejado de un progreso cultural, ético y moral.
Las innovaciones tecnológicas tienen el poder de impresionarnos; ese es su gancho mercadológico. De la sorpresa momentánea, casi natural en nuestra condición de nuevos usuarios, pasamos a la dependencia y, en el peor de los casos, a la adicción. Y las adicciones vician la existencia y degradan el ser de las personas. Es imperativo prevenirlas o, en su defecto, combatirlas.
Una adicción muy frecuente es la del smartphone. Muchos organizan su vida en torno a él; es su ventana, casi siempre abierta, a la realidad digital con sus miles de aplicaciones y, sobre todo, de redes sociales.
Tenemos una vida estructurada en ese mundo desplegado por la pantalla de los gadgets; un mundo inmersivo que atrapa muchas veces toda la atención del usuario, al grado de sufrir una desconexión a la inversa: se olvida o se fuga del mundo fáctico, de su realidad tangible y de todo lo que ella implica en lo referente a deberes, normas e incluso preocupaciones. ¿Cuántos no han sufrido un accidente por contestar un mensaje de texto mientras conducen?
El uso compulsivo de los smartphones y de los demás gadgets debe ser normado por actualizados manuales de Carreño que nos enseñen a utilizarlos con mesura y de manera atenta y educada. Algo podemos aprender de Toy Story 5, de los estudios Pixar, acerca de la hipertecnologización de nuestra existencia: que es irreversible y ascendente, y que lo más sabio es aprender a lidiar con ella, no mediante prohibicionismos radicales, sino aprovechando sus ventajas con inteligencia y enfrentando sus efectos nocivos con mesura y prevención.
Hasta la psicología nos advierte del uso desatento y grosero que podemos hacer de la tecnología y, en especial, del smartphone cuando, por estar atendiéndolo, ignoramos a una persona en un entorno social. A esto se le llama phubbing.
No prestarle atención a nuestro acompañante en una cena, por ejemplo, no sólo es una falta de educación; los expertos señalan que esta conducta puede lastimar emocionalmente y enviar un mensaje muy claro. Si no sigo la conversación y mantengo mi mirada fija en el smartphone, el mensaje que transmito es que la otra persona no es lo suficientemente relevante como para dedicarle mi atención.
Aplicarle ocasionalmente phubbing a una persona podrá parecer un hecho irrelevante y sin mayores consecuencias, más allá del enojo o la frustración que le ocasionemos. Pero, si lo hacemos de manera recurrente, el acto de descortesía puede trascender. Quien es ignorado puede llegar a sentirse invisibilizado, irrelevante, prescindible y marginado. He ahí la paradoja: quien sufre phubbing se sabe acompañado y, al mismo tiempo, abandonado.

Quien ejerce el phubbing suele autodisculparse diciéndose a sí mismo que puede realizar dos cosas a la vez, que sólo será un instante o que todo el mundo lo hace y, por tanto, no puede ser tan malo. Aquí está el punto que queremos destacar: si todo el mundo lo hace, entonces ya lo hemos normalizado. Se ha convertido en un mal hábito colectivo que urge corregir, no necesariamente arrojando el smartphone a la basura, sino aprendiendo cuándo y en qué lugar es apropiado hacer uso de él.
El Estado, a través de la educación; las sociedades, imponiendo costumbres; y las personas, adquiriendo virtudes acordes con los nuevos tiempos, podremos crear una nueva cultura que normalice el uso diligente, inteligente y socialmente responsable de las nuevas tecnologías.