UdeG / Letras ReBuscadas
El mundo está cambiando con vértigo y casi sin asombro. Estamos habituados a las innovaciones: en cuestión de meses mejoran los modelos de nuestros gadgets. Los adelantos de nuestras máquinas no son inocuos y tienen repercusiones profundas en nuestro ser y circunstancia.
Los saltos tecnológicos potencializan nuestras habilidades de manera artificial, a la vez que aminoran nuestro esfuerzo y compromiso por perfeccionarnos o mejorar. Este hombre orbitado por máquinas, que extenúan y abstraen sus sentidos en la excitación luminiscente y auditiva del display y que sobresaturan de información sus cerebros, está siendo forzado a experimentar nuevas formas de interactuar con la realidad, tanto fáctica como virtual.
Más allá de nuestras máquinas y de su aluvión de datos, ¿quedará algo de nuestra humanidad original? El hardware y el software de nuestros dispositivos informáticos invaden nuestra corporalidad y el mundo que con ellos habitamos.
¿Podemos salvarnos de nuestro propio progreso tecnológico, salvar eso que nos hace humanos? El Papa León XIV responde que sí, y no necesitamos renunciar categóricamente a nuestras máquinas. Sería un sacrificio que la mayoría no estaría dispuesta a realizar.

La encíclica Magnifica Humanitas es una respuesta a muchos de los retos y desafíos que plantea la cuarta revolución industrial. Uno de los más presentes es, precisamente, el eclipse de nuestra esencia como resultado de la pérdida de nuestra dignidad humana frente al imperio de las máquinas.
La hegemonía de la máquina, advierte el pontífice, puede conducirnos con sigilo y eficacia a una reducción del ser humano a una función, a un dato o a una prestación. Frente a ello, León XIV plantea que la inteligencia artificial debe ser comprendida desde una perspectiva antropológica y ética, colocando siempre en el centro a la persona humana. La encíclica insiste en que el desarrollo tecnológico no puede convertirse en un proyecto de dominio que termine por deshumanizarnos.
De ahí la prioridad, en estos momentos emergentes, cuando atestiguamos el avance de estos desarrollos tecnológicos, de trazarles límites éticos para impedir, con oportunidad, que sirvan solamente al poder de unos pocos y a la deshumanización de las relaciones sociales. En Magnifica Humanitas, el Papa sostiene que la IA debe estar al servicio de la humanidad y no convertirse en un instrumento de concentración del poder.
Como visión futurista, el novelista de ciencia ficción Isaac Asimov lo advirtió en sus leyes de la robótica: todo robot fabricado, antes de entrar en funcionamiento, tendría que estar sujeto a una serie de principios que limitaran su comportamiento: nunca atentar contra la vida humana y obedecer las órdenes de los seres humanos, siempre dentro de los límites establecidos por las propias leyes.
Nunca debemos perder la línea de demarcación ontológica entre el hombre y la máquina, por mucho que esta, en particular la IA, logre emularnos. Un terrible error sería atribuirle la dignidad propia de la persona a un ser digital que opera con base en una programación y que, en términos categóricos, continúa siendo una creación tecnológica, una herramienta con valor de uso, un instrumento adquirido para ponerse al servicio del ser humano.
Con firmeza humanista hay que superar toda tecnofilia que inspire sentimentalismos explotados en tramas de ficción que buscan atribuirle sentimientos a la máquina, como lo retratan películas ya clásicas en la materia, como Inteligencia artificial, WALL·E o Robot salvaje.
En este sentido, el Papa es claro al reivindicar la dignidad humana frente a cualquier criterio meramente funcional. Para León XIV, la persona no puede ser reducida a su productividad, eficiencia o utilidad económica. La encíclica insiste en que la humanidad debe conservar su capacidad de relación, de amor, de discernimiento y de responsabilidad, incluso en una época en la que las máquinas pueden superar al ser humano en determinadas tareas.
La IA, los androides y cualquiera de los artilugios dotados con la capacidad de imitarnos en algunas de nuestras funciones son, en todo momento, eso: máquinas. Su humanización no debe derivar, por ningún motivo, en nuestra reducción ontológica. Que las máquinas sean mejores que nosotros en determinados ámbitos, que nos superen en velocidad de cálculo, almacenamiento de información o procesamiento de datos, no significa que tengan mayor valor que nosotros.
La encíclica lo expresa con particular claridad: «Ningún sistema de cálculo, por sofisticado que sea, genera un corazón que se entrega, ni una conciencia capaz de discernir el bien». Y agrega una idea fundamental para comprender la propuesta antropológica de León XIV: «Aunque las máquinas sobresalen en eficiencia, el centro de la historia sigue siendo un rostro humano que exige ser contemplado».

A medida que avanza la tecnología, con toda seguridad la IA generativa será desplazada, en pocos años —quizás meses—, por sistemas de inteligencia artificial con capacidades cognitivas y creativas hoy difíciles de imaginar. La IA de última generación podría convertirse en el nuevo becerro de oro de nuestra admiración y veneración, haciéndonos olvidar nuestra propia grandeza y singularidad como las creaciones más acabadas y maravillosas de un Ser todopoderoso e inmortal.
El peligro no está solamente en que las máquinas lleguen a hacer cosas que antes considerábamos exclusivamente humanas. El verdadero riesgo consiste en que nosotros terminemos valorándonos con los mismos criterios con los que valoramos a las máquinas: productividad, eficiencia, velocidad, rendimiento y capacidad de procesamiento.
Si aceptamos esa lógica, el hombre terminaría compitiendo contra su propia creación y midiendo su dignidad a partir de aquello que las máquinas hacen mejor. Precisamente contra esta tentación se levanta la reflexión de León XIV: «Incluso cuando las máquinas sobresalen en eficiencia, el centro de la historia sigue siendo un rostro humano que exige ser contemplado».
Como apunta la teología cristiana y lo advierten las Sagradas Escrituras, el hombre no puede equipararse con su Creador, a menos que haya sucumbido a la tentación prometeica o luciferina. De igual forma, ninguna de las creaciones del hombre debería sobreponérsele ni imponérsele si respetamos el orden natural de las cosas: el creador siempre estará por encima de la creación.
Salvo que juguemos al doctor Frankenstein y demos una falsa vida al ejecutor de nuestra propia desventura y aniquilación.
La cuestión fundamental, por tanto, no consiste en detener el progreso tecnológico, sino en impedir que el progreso termine definiendo qué significa ser humano. La tecnología puede ampliar nuestras capacidades, facilitar el trabajo y abrir posibilidades inéditas; pero no puede convertirse en el criterio último de nuestra dignidad.
En este sentido, Magnifica Humanitas plantea una respuesta contundente al desafío de la revolución digital: la humanidad no debe ser sustituida ni superada por la técnica. Puede servirse de ella, aprovechar sus posibilidades y ponerla al servicio del bien común, pero sin renunciar a aquello que la hace propiamente humana: la capacidad de establecer relaciones, amar, discernir, elegir responsablemente y reconocer en el otro un rostro que merece ser contemplado.