Las religiones y las tradiciones espirituales, desde hace milenios, han sostenido que la conciencia no se extingue con la muerte. El yo subsiste en su condición creatural. Aunque solo Dios es eterno, nosotros somos inmortales.

Nuestra alma, receptáculo de la conciencia, después de la cesación de las funciones vitales del cuerpo, trascendería a otros planos de la existencia universal por méritos en vida superiores o por faltas o pecados inferiores. En la gloria o en la condenación eternas, recordaremos quiénes fuimos y qué hicimos en este mundo material.
Más allá de estas explicaciones escatológicas o teológicas, los neurocientíficos, ensayando una futurología que raya en la ciencia ficción, auguran que para el siguiente siglo lograremos preservar los recuerdos de los fenecidos. Esos recuerdos que conforman nuestro legado vital, que nos dan identidad y sentido de yoidad.

Ya existe toda una Death Tech en China, cuyo propósito es recrear la personalidad de las personas fallecidas mediante el acopio, orquestado y organizado con Inteligencia Artificial, de sus huellas digitales esparcidas por el ciberespacio. Una resurrección digital en la que el avatar del difunto interactuaría con nosotros en un dispositivo electrónico: un Tamagotchi nigromántico.
Esta tecnología recrea al ser perdido y lo reconstruye con base en la información que diseminó por Internet: es una copia digital independiente del original. Ahora, lo que proponen los neurocientíficos no es la inmortalidad que plantean las religiones ni la recreación artificial de los fenecidos, sino extraer y preservar sus recuerdos directamente de sus cerebros.
Esta posibilidad recuerda la idea de inmortalidad propuesta en el libro que después fue llevado a la pantalla, Carbono alterado (2018): imaginemos lograr la transmisión de información entre una neurona y un microchip; obrar el milagro de acercar e interconectar el carbono con el silicio, la materia orgánica con la inerte. Lograr, por medios tecnológicos, que la mente continúe después de la muerte.

Esta comunicación sería biunívoca o de doble dirección: del cerebro a la máquina y de la máquina al cerebro. Implantar o extraer contenidos de la memoria orgánica y la computacional, como en la trilogía de películas Matrix. ¿Quieres aprender un idioma? Fácil: te cargamos a tu cerebro todo un diccionario de inglés, un libro de gramática y listo. ¿Quieres que tus contenidos de conciencia se preserven? Igual: te conectamos al ordenador, como en Ghost in the Shell, y hacemos, en vida o ya muerto, una copia digital de tu conciencia, tu ghost (o fantasma), al que cambiaríamos de su caparazón orgánico a uno robótico o digital, shell. Imposible no recordar, con esta posibilidad, la cinta Chappie (2015).
Los neurocientíficos se inclinan por creer que esto será posible. En un estudio publicado por la revista PLOS ONEy liderado por el neurocientífico australiano Ariel Zeleznikow-Johnston, el 70% de los especialistas encuestados ven posible extraer y preservar las memorias de personas fallecidas, con la salvedad de que el cerebro esté bien conservado. Obvio que, con el cerebro de una persona viva, sería más fácil.
Pero, en el caso de los fallecidos, Zeleznikow-Johnston apunta que algunos recuerdos estarían registrados en el conectoma, una red única de conexiones neuronales que “codifica” lo que es cada persona.
En el entender de los especialistas, la memoria tiene un sustrato físico que no se biodegrada instantáneamente con la muerte y que podría ser rescatado. ¿Cuándo estará lista esta tecnología? La estimación es que para el año 2125. Para desarrollarla, antes necesitamos un modelo completo del cerebro humano, del cual carecemos; con él sería posible identificar la ubicación del recuerdo que se quisiera recuperar. En este tenor, un factor a tomarse en cuenta es que un recuerdo, en realidad, se encuentra, discretamente, disperso por todo el cerebro.
Añadamos que también la memoria es reconstructiva; es decir, recuerdas fragmentos de los eventos y no su totalidad, y estos registros, además, están inmersos en todo tipo de significados y perspectivas. Estos añadidos subjetivos reinterpretan el evento.
El pasado registrado en la memoria de cada persona es, en estricto sentido, una interpretación y versión personal de lo que fue. Cada quien tiene sus propias memorias de los mismos eventos. Así que los recuerdos de toda una vida se irán con la persona cuando esta fallezca, a no ser que, como lo sostienen las religiones y ciertas corrientes neoparadigmáticas de las ciencias, la conciencia cabalgue con el alma después de la muerte con rumbo a la eternidad.