Cronomicón

Primera parte: Responsabilizarnos de nuestra salud y buena alimentación de frente a sociedades hiper-tecnologizadas

Los desafíos de los avances biotecnológicos en la actualidad y la necesidad y pertinencia de su abordaje ético, bioético y biopolítico

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La humanidad actual es testigo y a la vez experimenta o incluso padece una Cuarta Revolución Industrial que, como nos explica Schwab (2016), no se caracteriza por el avance aislado de distintas disciplinas tecnocientíficas, sino que responde a una transición cada vez más adelantada hacia un nuevo sistema construido sobre la infraestructura digital: «Se caracteriza por una fusión que borra las líneas entre lo físico, lo digital y lo biológico: desde la inteligencia artificial hasta la secuenciación genética, las energías limpias y los biomateriales», (p. 18).

El científico aislado en su laboratorio, atareado en su afán de lograr un gran descubrimiento o empeñado en desarrollar una tecnología revolucionaria y eficiente, corresponde a una estampa del pasado, decimonónica o incluso del siglo XX. Estamos ante un nuevo paradigma cultural y científico en el que disponemos como nunca de mejores herramientas e instrumentos de investigación —cada vez más digitales—, donde cumplen un papel protagónico los sistemas computacionales y, en fechas recientes, la inteligencia artificial.

Uso de la tecnología para la buena alimentación

El avance tecnocientífico está marcando los derroteros de la humanidad más que nunca: cada nuevo descubrimiento viene acompañado por la demanda de su implementación en alguna rama de la industria; estamos ante el milenio de la automatización.

Los progresos tecnológicos no solo inciden en la mejora de la productividad fabril, sino que redefinen nuestros estilos de vida y replantean en todo momento nuestra relación personal y colectiva con el entorno tecnocultural. Basta pensar cómo era la vida antes de los smartphones, de la invención del GPS, de las computadoras personales y, ahora, de los lentes con inteligencia artificial.

En estas sociedades hipertecnologizadas e hiperconectadas, la vida misma se ha maquinizado y digitalizado: nuestros hogares han sido invadidos por todo tipo de dispositivos tecnológicos que facilitan las labores domésticas y mejoran la habitabilidad y el confort. Nosotros mismos nos hemos rodeado de una enorme variedad de gadgets que agudizan o incluso suplen muchas de las habilidades físicas y mentales que antes desarrollábamos de manera orgánica y natural:

“Los entornos hiperconectados característicos de la Industria 4.0 han redefinido los determinantes culturales de la salud, promoviendo comportamientos crecientemente sedentarios y una exposición prolongada a dispositivos digitales que alteran la salud mental, el sueño y el bienestar cardiometabólico”, (Martínez-Pérez & Sánchez-Gómez, 2023, p. 88).

Algunas décadas atrás, la carencia y la insalubridad enfermaban; la pobreza traía aparejadas la vulnerabilidad y el deterioro de la salud. Sin embargo, el avance tecnocientífico trajo consigo la abundancia de bienes y la disponibilidad de alimentos se eficientó, si pasamos por alto su calidad nutrimental al ser en su mayoría ultraprocesados. La ciencia biomédica también experimentó notables avances: combatir y prevenir las enfermedades dejó de ser tan complicado u oneroso.

Paradójicamente, en términos de cuidar y sostener la vida humana, las sociedades hipertecnologizadas han tenido un costo: la abundancia también enferma y el sostenimiento de una industrialización creciente y cada vez más sofisticada ha cobrado sus propias facturas en términos de contaminación y sobreexplotación ambiental: «La exposición a microplásticos, contaminantes emergentes y las alteraciones del cambio climático representan las mayores amenazas para la salud pública global», (García-López et al., 2022, p. 142).

Durante la modernidad —que vio el esplendor del Estado-nación como garante de la paz y el bienestar social—, este asumía la responsabilidad de velar por la salud de los ciudadanos casi desde una observancia paternalista. Estaba instrumentalizado con instancias jurídicas e institucionales para normar y regular las prácticas empresariales, impidiendo que resultaran transgresoras del bienestar popular. Como entidad soberana y responsable, educaba y procuraba la salud integral de la población.

Algunos Estados-nación siguen cumpliendo con estas responsabilidades: por ejemplo, el Estado mexicano ha implementado medidas para prevenir la obesidad infantil prohibiendo la venta de alimentos chatarra en las tiendas escolares, además del etiquetado frontal de advertencia en alimentos procesados como parte de una política de salud pública comprometida con la buena alimentación.

Sin embargo, en sociedades cada vez más globalizadas —sociedades de la información y no de la disciplina—, la responsabilidad de velar por la salud y el bienestar recae principalmente en los individuos y en los actores privados.

Sin un freno moral y ético, las sociedades posmodernas e hipertecnologizadas pueden resultar altamente perniciosas y enajenantes. Basta bocetear al individuo adicto a las redes sociales, obediente al algoritmo, sedentario, consumista compulsivo que prefiere las compras en línea y cuya dieta sigue los antojos dictados por la publicidad: esta persona reúne todas las condiciones para desarrollar tanto enfermedades mentales como biológicas. Además, su estilo de vida y sus hábitos son sostenidos por un modelo económico y de producción nada amigable con el medio ambiente. Bien lo señaló el Papa Francisco en su oportunidad:

“El ritmo de consumo, de desperdicio y de alteración del medio ambiente ha superado las posibilidades del planeta, de tal manera que el estilo de vida actual, por ser insostenible, sólo puede terminar en catástrofes, como de hecho ya está ocurriendo periódicamente en diversas regiones. La atenuación de los efectos del actual desequilibrio depende de lo que hagamos ahora mismo”,(Francisco, 2015, párr. 161).

Nuestro modelo de desarrollo tecno-económico está enfermando al planeta, y el modelo sociocultural consonante con él está enfermando a los habitantes de estas sociedades hipertecnológicas y globales. Cierto optimismo tecnofílico le apuesta a que el propio progreso tecnocientífico remediará el problema del calentamiento global, sanará los ecosistemas y desarrollará fuentes de energías limpias; a que esos mismos avances frenarán la propagación de todas las patologías (mentales y biológicas), tanto las de siempre como las generadas por los excesos de la sociedad moderna, concluyendo que «no hay de qué preocuparse».

Sin querer ser categóricos, es mejor prevenir que remediar. Debemos progresar como civilización humana planetaria sin medir nuestro avance únicamente con la mejora de nuestras máquinas. Es imperioso que aprendamos con sabiduría y visión ética y bioética a hacer un buen uso de ellas y del poder y la abundancia que nos dispensan. Es arriesgado esperar que una superinteligencia artificial venga a salvarnos de nuestro desastre ecológico-ambiental y que el algoritmo nos enseñe a comer sano o nos aconseje cómo cuidar nuestra salud.

Bibliografía

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