Antes de plasmar sus ideas en el lienzo, Leonardo Ascencio construye las imágenes en su cabeza, mientras camina. Para él, recorrer la ciudad no es solamente una manera de trasladarse de un punto a otro: es una práctica cotidiana que también se convierte en una forma de mirar, registrar y entender el espacio que habita.

Y durante la exposición colectiva presentada en la galería de arte contemporáneo Castillo Interior (en Santa Teresita), platicamos con Ascencio, quien participó con una serie titulada “Pasajes”, un conjunto de pinturas que nace precisamente de esa relación entre caminar, observar y reconstruir la ciudad a partir de fragmentos.
“Me gusta mucho caminar, como práctica de vida y también como práctica artística”, cuenta el artista. Desde ahí comenzó una investigación que lo llevó a preguntarse cómo podía hacer una pintura capaz de hablar de su relación con la ciudad y de esa experiencia de navegar por ella.
Más que representar una ciudad reconocible de principio a fin, Ascencio prefiere detenerse en sus pequeñas escenas: un perro, unas luminarias, unos faroles, un fragmento arquitectónico. Son acercamientos que funcionan casi como fotografías mentales, pero que en la pintura pierden su referencia exacta para convertirse en algo que podría pertenecer a cualquier lugar.

Una ciudad hecha de fragmentos
Aquel nombre de la serie no fue casual: “Pasajes”, ya que parte también del interés de Ascencio por el proyecto homónimo de Walter Benjamin, el filósofo alemán que dedicó una extensa investigación a la vida urbana, la modernidad y los pasajes comerciales de París.
Benjamin observaba esos espacios de tránsito, aquellos corredores comerciales que permitían mirar hacia el interior de los establecimientos y que anticipaban, de alguna manera, formas posteriores de consumo y experiencia urbana. Ascencio retoma esa idea para llevarla hacia su propia relación con la ciudad.
En sus pinturas, el paisaje deja de ser una vista panorámica. No hay necesariamente una postal completa ni una ciudad que pueda identificarse con facilidad. Hay, en cambio, fragmentos que obligan al espectador a completar lo que falta.

“Me interesa pensar la ciudad ya no desde la noción de paisaje como algo lineal, como una sola imagen, sino como un entorno, una atmósfera”, explica.
Esa atmósfera está atravesada por distintas temporalidades. En una misma experiencia urbana pueden convivir la arquitectura moderna y la neoclásica, una construcción reciente y una estructura que pertenece a otra época. También conviven los recuerdos de quien observa y las transformaciones que ocurren frente a sus ojos.
Por eso, un detalle aparentemente sencillo puede adquirir otro peso. Una lámpara, una fachada o un objeto encontrado durante una caminata se convierten en señales de algo mayor: la manera en que una ciudad acumula capas de tiempo.
“Hay momentos que ocurren en pasado y en presente; arquitectura moderna, arquitectura neoclásica. Todo puede estar ahí al mismo tiempo”, dice.

El lugar donde uno se reconoce
La ciudad también aparece en la obra de Ascencio como una pregunta personal. Su interés por la memoria urbana no está separado de su propia historia.
Nacido en Guadalajara en 1993 y egresado de la licenciatura en Artes del CUAAD, el artista también se formó en grabado en el Museo del Periodismo y las Artes Gráficas. Su práctica ha transitado por distintos medios, entre ellos la pintura, el dibujo, la instalación, el ensamble y los medios digitales.
Pero antes de convertirse en un asunto de investigación artística, la relación con el espacio fue una experiencia personal.
Ascencio vivió en Guadalajara durante sus primeros años de vida y después se trasladó a Tlajomulco. Ese cambio, aunque pudiera parecer una circunstancia cotidiana, terminó dejando una huella en su manera de entender el territorio.
“Es una experiencia que reconfigura completamente lo que habías vivido durante un periodo importante de tu vida”, reflexiona.
De ahí surge una pregunta que atraviesa buena parte de su trabajo: ¿en dónde estamos cuando cambia el espacio que reconocíamos como propio?
Para el artista, esa pregunta termina inevitablemente relacionada con la identidad. “Hasta la fecha me sigo preguntando quién soy”, reconoce.
Una búsqueda en la que observar se vuelve parte del proceso: volver sobre ciertos lugares, reconocerlos de nuevo y detenerse en aquello que permanece mientras todo a su alrededor cambia.
La ciudad, entonces, funciona como un territorio exterior, pero también como un espacio interior.

Pintar después de caminar
Aunque la pintura ocupa actualmente un lugar importante en su producción, Ascencio no llegó a ella desde una práctica exclusivamente pictórica. Su trayectoria ha sido heterogénea y también ha trabajado con instalación, video y otros medios.
Ese recorrido explica, en parte, la libertad con la que aborda el lienzo. La pintura aparece como un lenguaje que todavía está construyendo y cuestionando.
“En la pintura es algo que está muy reciente en mi trabajo”, señala. “He llevado tiempo pintando, pero llegar a este cuerpo de trabajo ha implicado relacionarme con otras cosas, como la instalación”.
Esa experimentación también se refleja en los formatos. Ascencio puede trabajar con piezas de distintas dimensiones, aunque reconoce una particular afinidad por los pequeños formatos, ya que permite la posibilidad de acercarse, concentrar la mirada y comprimir el espacio.
“El pequeño formato tiene que ver con ese enfoque en el detalle”, explica.
Y quizá ahí se encuentra una de las claves de su obra. Mientras la ciudad suele experimentarse como algo enorme, acelerado y difícil de abarcar, Ascencio propone hacer lo contrario: detenerse.

Mirar una esquina o el adoquín de la banqueta. Un objeto. Una luz. Una fachada. Un instante.
Después, llevarlo a la pintura y quitarle aquello que lo hacía reconocible para convertirlo en otra cosa.
Su trabajo ha circulado por espacios de Guadalajara, Ciudad de México y otras ciudades de México, además de exposiciones colectivas en países como Perú, España, Estados Unidos e Italia, de acuerdo con perfiles especializados sobre su trayectoria.
En los próximos meses, además, tiene contemplada una instalación con Legado Grodman en el Museo de las Artes de la Universidad de Guadalajara.
Mientras, en la obra de Leonardo Ascencio una ciudad no parece ser únicamente aquello que vemos cuando levantamos la mirada. También es aquello que recordamos, lo que dejamos atrás, lo que cambia sin que nos demos cuenta y esos pequeños fragmentos que, de pronto, nos hacen preguntarnos de nuevo dónde estamos y quiénes somos.