Esperando a que llegue el camión de la Bimbo a la tiendita o al Oxxo. Esperanzados a que deje los codiciados Gansipremios de la promoción de Marinela de las trece figuras coleccionables de los Peanuts. En los coleccionistas corría el rumor de que el Snoopy dorado era la pieza difícil. En el Tianguis Cultural, en puestos, llegaron a revender algunas piezas, como el Charlie Brown de su clásica camisa amarilla, hasta en 200 pesos.

La campaña del osito blanco (“con el cariño de siempre”) le apostó a la nostalgia y causó furor entre los adultos de la generación X y algunos millennials. La eterna adolescencia de muchos kidults o señores que mantienen los gustos y aficiones de sus mocedades.
Antes que la Bimbo, la editorial Salvat lanzó la colección Todo Snoopy (o Snoopy Cómics), que recopila, año por año, todas las tiras cómicas que publicó el creador de la franquicia, Charles M. Schulz.
Creada por Schulz en los años cincuenta, los Peanuts son una icónica tira cómica muy popular en los Estados Unidos que también impactó la cultura pop global con su serie de televisión, que se transmitió por primera vez en la Unión Americana en diciembre de 1965 con el memorable episodio La Navidad de Charlie Brown.

En Latinoamérica la serie llegó poco después, en la década de 1970 y 1980. En el caso de México, Televisa tuvo los derechos de transmisión de esta caricatura que recreaba la vida de un niño con alopecia y de su carismático beagle, Snoopy.
Snoopy cobró vida en la pantalla chica gracias a un mexicano, José Luis Cuauhtémoc “Bill” Meléndez, nacido en Hermosillo, Sonora, en 1916. Bill Meléndez ya había trabajado como dibujante para Disney en películas como Pinocho y Fantasía, y para la Warner Bros. en los Looney Tunes. Muy celoso con sus personajes, Schulz sólo confió en Bill Meléndez para su adaptación al formato televisivo. La caricatura fue todo un éxito.
Las historias de los Peanuts están de vuelta, pero ahora en el servicio de streaming, en la plataforma de Apple TV+, con el programa El show de Snoopy. La plataforma se hizo con los derechos de las animaciones de esta popular franquicia, teniendo en su catálogo, bajo el sello Snoopy presenta, a Snoopy en el espacio (Snoopy in Space) y Campamento Snoopy (Camp Snoopy), además de varios especiales festivos y películas.

La tira cómica y, con ella, la caricatura, con sus protagónicos Snoopy y su dueño, Charlie Brown, han sido tan icónicas —es decir, han logrado ser representativas, relevantes y referentes culturales—, equiparables con Los Simpson, por ejemplo. En su momento, el semiólogo y novelista italiano Umberto Eco les dedicó un capítulo de su obra Apocalípticos e integrados, en el que los analizó como un producto cultural que intentó ser una descripción de la sociedad estadounidense de avanzado el siglo XX desde la perspectiva de unos niños de primaria.
Y es que si hacemos, en este nuevo milenio, una relectura de las tiras cómicas del carismático beagle con su complejo de aviador de la Primera Guerra Mundial; si volvemos a ver las caricaturas de los Peanuts, esta experiencia nos conduce a un inevitable viaje en el tiempo donde, antropológica y sociológicamente, nos encontramos con la recreación de una infancia ya pasada. La infancia de la generación X libre de distractores digitales, libre de los smartphones tan satanizados por las autoridades escolares tanto de América como de Europa.
En el mundo de Snoopy, los niños y niñas son todos unos personajes; realmente icónicos, según la jerga actual. Tenemos a Lucy, que tiene un improvisado local donde da consultas psicológicas; otra es Paty, la jefa, que destaca por su afable rudeza; o qué decir de Linus, el niño que no suelta su frazada y todo el tiempo se está chupando el dedo pulgar… pero sin duda el que más destaca por su nobleza y eternas frustraciones es Charlie Brown, quien nunca ha logrado volar una cometa, darle una patada a un balón de fútbol americano o hacer un buen lanzamiento como pícher de su equipo de amigos perdedores.

Snoopy es un caso aparte: es carismático, temperamental y, sobre todo, imaginativo; utiliza su casa de perro como ficticio aeroplano y sobre él se enfrenta, en sus alucinaciones caninas, al mismísimo Barón Rojo…
Hay investigadores como Peter Gray que sostienen que los infantes deben ser libres de jugar, imaginar y experimentar sin la constante supervisión de los adultos, así como en el mundo de Charlie Brown. Ellos viven sanamente creando consensos y reglas de convivencia sin supeditarse a la disciplina adulta. Gray es de la idea de que el deterioro mental de las actuales infancias no se debe al uso excesivo de teléfonos inteligentes o pantallas, sino a la sobreprotección de los adultos, que termina asfixiando el sano desarrollo emocional de los infantes.
Charlie Brown no está traumatizado por sus constantes fracasos, por no tener el valor de acercarse a la niña pelirroja que tanto le gusta; él es un ejemplo de resiliencia: sobreponerse para seguir con su amable y suave liderazgo de su grupo de amigos. Snoopy, su contracara, seguro y hasta histriónico, se sobrevalora e intenta encajar en el mundo de los humanos como un niño más, uno con encanto y carisma.
Los Peanuts evocan para cierto público maduro recuerdos de infancia. Otros los podrán ver icónicos porque recrean alegóricamente una sociedad de niños no ideal, pero sí bastante orgánica, libre y plena como la que sugiere Gray.