
En febrero de 1958, el escritor y científico Isaac Asimov publicó un relato de apenas unas páginas titulado Silly Asses («Asnos estúpidos»). Su argumento era tan sencillo como perturbador.
Naron, un antiguo integrante de la longeva civilización rigeliana, tenía la responsabilidad de registrar a las especies inteligentes de la galaxia y determinar cuáles habían alcanzado la madurez suficiente para incorporarse a la Federación Galáctica. Al conocer los avances de la Tierra, decidió inscribirla entre las civilizaciones evolucionadas. La humanidad había desarrollado la energía termonuclear, requisito que, según los criterios de aquella organización, demostraba un importante grado de desarrollo.
Sin embargo, la noticia que recibió después cambió su decisión. Los seres humanos todavía no habían conquistado el espacio ni establecido siquiera una estación espacial. Entonces, Naron formuló una pregunta elemental: ¿dónde realizaban sus pruebas nucleares?
La respuesta fue desconcertante: en su propio planeta.
El registrador tomó su pluma, tachó el nombre de la Tierra y pronunció las dos palabras que darían título al relato: «¡Asnos estúpidos!».
La genialidad de Asimov consistió en invertir nuestra idea de progreso. Para el observador extraterrestre, dominar la energía nuclear no representaba por sí mismo un signo de madurez. Lo verdaderamente importante era comprender las consecuencias de semejante descubrimiento. Una especie capaz de construir instrumentos para destruir su propio hogar difícilmente podía considerarse una civilización avanzada.
La ciencia avanza, la humanidad tropieza
El relato no surgió de la nada. Asimov escribió durante la Guerra Fría, cuando Estados Unidos y la Unión Soviética competían por la supremacía militar, tecnológica y espacial. Las pruebas nucleares, las amenazas de destrucción masiva y la posibilidad de una guerra entre superpotencias formaban parte de la realidad cotidiana.
En otros cuentos exploró esa misma preocupación. En Los buitres bondadosos (1957), presentó a extraterrestres que observan a la humanidad desde una perspectiva inquietante, mientras esperan que su propia beligerancia provoque su destrucción. En La pausa (1954), imaginó una intervención que intenta apartar a la humanidad del peligro nuclear. Por su parte, La máquina que ganó la guerra (1961) cuestiona la confianza ciega en la tecnología y en los sistemas de decisión militares.
Aunque pertenecen a la ciencia ficción, estas historias plantean problemas que también estudian las relaciones internacionales: la competencia entre potencias, la desconfianza, la carrera armamentística y los límites de la racionalidad política.
El equilibrio del miedo
La doctrina de la Destrucción Mutua Asegurada, conocida por sus siglas en inglés como MAD, resume una de las contradicciones más profundas de la era nuclear: dos adversarios pueden abstenerse de atacarse porque ambos saben que una agresión nuclear podría provocar la destrucción de los dos.
La estabilidad depende, por tanto, de que los gobiernos calculen correctamente, mantengan comunicaciones eficaces y eviten errores de interpretación. Pero ningún sistema político está libre de equivocaciones, crisis internas, rivalidades o decisiones precipitadas.
El problema se vuelve todavía más complejo cuando intervienen varios países con capacidades nucleares, intereses regionales y diferentes doctrinas militares.
De acuerdo con el Instituto Internacional de Estocolmo para la Investigación de la Paz (SIPRI), en enero de 2026 existían aproximadamente 12,187 armas nucleares en el inventario mundial. Nueve Estados poseen o se consideran poseedores de este armamento: Estados Unidos, Rusia, China, Francia, Reino Unido, India, Pakistán, Corea del Norte e Israel.
La cifra no significa que todas las ojivas estén listas para utilizarse, pero refleja la dimensión de una capacidad destructiva que continúa modernizándose.
El precio de mantener la amenaza
La dimensión económica tampoco es menor. Según la Campaña Internacional para Abolir las Armas Nucleares (ICAN), los nueve Estados con armamento nuclear gastaron aproximadamente 118,800 millones de dólares en sus arsenales durante 2025, un incremento del 19 % respecto al año anterior.
Estados Unidos concentró 69,200 millones de dólares de ese total, mientras China destinó 13,500 millones y Reino Unido 12,600 millones.
Más allá de las justificaciones estratégicas de cada gobierno, estas cantidades representan recursos públicos comprometidos durante décadas con la fabricación, modernización y conservación de sistemas cuya utilización tendría consecuencias catastróficas.
El costo de oportunidad es inevitable: esos recursos también podrían destinarse a infraestructura, investigación científica, educación, salud, transición energética y programas de desarrollo.
No se trata de afirmar que el gasto militar explique por sí solo el rezago económico de un país, sino de reconocer que cada decisión presupuestaria implica prioridades y renuncias.
Una advertencia que sigue vigente
La amenaza nuclear no pertenece exclusivamente a los libros de historia. Las tensiones internacionales, las declaraciones sobre posibles empleos de armas tácticas y el debilitamiento de los mecanismos de control de armamentos mantienen vigente el riesgo de una escalada.
El SIPRI ha advertido que las potencias nucleares continúan modernizando sus capacidades, mientras aumentan los riesgos de errores de cálculo y confrontaciones.
Asimov no ofreció una fórmula para resolver este dilema. Su aportación fue más profunda: cuestionó la idea de que el desarrollo científico y tecnológico conduce automáticamente al progreso de una sociedad.
Una civilización verdaderamente avanzada no debería medirse únicamente por la potencia de sus armas, la velocidad de sus misiles o la sofisticación de sus sistemas de defensa, sino también por su capacidad para evitar conflictos que pongan en peligro su propia existencia.
En 1958, Naron tachó a la Tierra de su registro galáctico. Desde entonces, la humanidad ha llegado a la Luna, ha explorado otros planetas, ha desarrollado inteligencia artificial y ha multiplicado sus conocimientos científicos. Sin embargo, conserva la capacidad de destruirse mediante un arsenal nuclear que continúa siendo objeto de modernización.
La pregunta que deja Asimov no es si somos capaces de alcanzar las estrellas, sino si hemos aprendido a convivir sin amenazar con destruir el planeta que habitamos.
Quizá el verdadero indicador de una civilización madura no sea haber conseguido fabricar el arma más poderosa del universo, sino haber adquirido la sabiduría suficiente para no necesitar utilizarla.
Mientras esa lección siga pendiente, las palabras de Naron conservarán una vigencia difícil de ignorar: «¡Asnos estúpidos!».