
No es una advertencia velada ni una frase sacada de contexto. Es una declaración frontal: “los encontraremos y los mataremos”. Así, sin rodeos. Donald Trump ha decidido vestir su nueva Estrategia Nacional contra el Terrorismo con un lenguaje que no deja espacio a interpretaciones diplomáticas. El enemigo ahora no sólo es difuso; también es cercano, tangible y, sobre todo, útil políticamente. Los cárteles del narcotráfico han sido elevados al rango de amenaza terrorista, y con ello se abre la puerta a una lógica de guerra que promete ser tan ruidosa como peligrosa.
La decisión no es menor. Cambiar la etiqueta implica cambiar las reglas del juego. Lo que antes se abordaba —al menos en el discurso— con herramientas de cooperación internacional, inteligencia compartida y procesos judiciales, ahora puede entrar en el terreno de las operaciones militares, la acción directa y la eliminación física del adversario. Cuando un Estado decide que su enemigo es terrorista, también decide que la excepción puede convertirse en norma.
El problema es que esta narrativa no nace del vacío. Se alimenta de un contexto real: una crisis de consumo de drogas que ha cobrado cientos de miles de vidas, comunidades devastadas por sustancias sintéticas y una percepción social de descontrol que exige respuestas rápidas. En ese escenario, la dureza se vuelve rentable. Prometer mano firme, sin matices ni contemplaciones, genera aplausos inmediatos. Pero los aplausos no resuelven problemas estructurales.
El discurso de “cazar y eliminar” tiene un atractivo primitivo: simplifica la realidad. Reduce un fenómeno complejo a una batalla entre buenos y malos, donde la solución parece tan sencilla como eliminar al enemigo. Pero esa simplificación es, precisamente, el mayor riesgo. El narcotráfico no es una organización única ni un enemigo con rostro definido; es una red que se adapta, se fragmenta y se reconstruye con rapidez. Cortar una cabeza no desmantela el sistema; lo reconfigura.
Además, la historia reciente ofrece suficientes advertencias. Las llamadas guerras contra enemigos no convencionales rara vez terminan como se anuncian. Se prolongan, mutan y dejan secuelas profundas. La lógica de la fuerza, cuando se aplica sin matices, suele generar más violencia de la que pretende erradicar. Y en ese proceso, los costos humanos se multiplican, aunque no siempre aparezcan en los discursos oficiales.
Hay un punto especialmente inquietante: la normalización de la eliminación física como herramienta de política pública. No se trata sólo de una frase altisonante. Es la institucionalización de una idea: que ciertos problemas pueden resolverse matando. Cuando esa lógica se instala desde el poder, se vuelve difícil de contener. Se abre la puerta a excesos, errores de cálculo y decisiones que, en nombre de la seguridad, terminan erosionando los principios que se dice defender.
La estrategia también evita mirar hacia dentro. Es más cómodo señalar hacia afuera que asumir responsabilidades propias. La demanda de drogas, la facilidad con la que circulan armas, las fallas en los sistemas de prevención y tratamiento, son piezas clave de un problema que no se resuelve con operativos espectaculares. Pero esos temas no generan el mismo impacto político que una declaración de guerra.
En el fondo, lo que se presenta como una política de seguridad también es una jugada de posicionamiento. La dureza vende, especialmente en contextos donde el miedo es un factor dominante. Convertir al narcotráfico en una amenaza terrorista permite justificar medidas extraordinarias y, al mismo tiempo, proyectar una imagen de liderazgo fuerte. El riesgo es que esa imagen termine imponiéndose sobre la eficacia real de las acciones.
La pregunta de fondo es incómoda pero necesaria: ¿funciona esta estrategia? La evidencia sugiere que no en los términos que se promete. Las organizaciones criminales no desaparecen; se transforman. La violencia no se extingue; se redistribuye. Y los mercados ilegales, mientras sigan siendo altamente rentables, encuentran nuevas formas de operar. Apostar todo a la fuerza es, en el mejor de los casos, una solución parcial. En el peor, un error que agrava el problema.
También hay un componente internacional que no puede ignorarse. Cuando un país asume que puede actuar más allá de sus fronteras bajo el argumento de la seguridad, se generan tensiones inevitables. La línea entre cooperación y unilateralismo se vuelve difusa. Y esa ambigüedad es terreno fértil para conflictos diplomáticos y políticos que pueden escalar rápidamente.
Lo más preocupante es que este tipo de estrategias suelen tener efectos que van más allá de sus objetivos declarados. No sólo impactan a las organizaciones criminales; también afectan a comunidades enteras, a economías locales y a dinámicas sociales complejas. La violencia no distingue con precisión quirúrgica. Y cuando se desata bajo la lógica de la guerra, sus consecuencias son difíciles de acotar.
El combate al narcotráfico exige inteligencia, coordinación y una visión de largo plazo. Requiere entender que se trata de un fenómeno multifactorial, donde confluyen intereses económicos, fallas institucionales y realidades sociales complejas. Reducir todo eso a una consigna de fuerza no sólo es insuficiente; es irresponsable.
Trump ha optado por el camino más estridente. Uno que promete resultados inmediatos a través de la contundencia. Pero la contundencia, sin estrategia integral, suele ser sólo ruido. Y el ruido, en política, puede ganar titulares, pero rara vez construye soluciones duraderas.
El mundo ya ha visto lo que ocurre cuando se confunde firmeza con simplismo. Cuando se cree que la violencia es una herramienta limpia y controlable. Cuando se apuesta por la fuerza como respuesta única. El resultado casi siempre es el mismo: más inestabilidad, más incertidumbre y un problema que, lejos de resolverse, se vuelve más complejo.
La frase queda ahí, resonando con fuerza: “los encontraremos y los mataremos”. Puede ser eficaz como slogan. Puede incluso generar respaldo inmediato. Pero también es un recordatorio de lo fácil que es cruzar ciertas líneas… y de lo difícil que resulta regresar cuando ya se han cruzado.