
INTRODUCCIÓN
Carolina Aranda Araiza es más que la decana de los maestros de la Sogem, es la entrañable amiga, con la que he compartido un ideal y gran parte de mi vida. Es indudable su vocación: se ha dedicado a dar, a darse en cada uno de sus alumnos, a lograr que realicen sus sueños, dejando a un lado los de ella. Pero en este texto se revela la escritora que subyace dentro por voluntad propia.
Muchos le deben lo que son, incluyéndome.
Mi reconocimiento y mi cariño para ti, Caro. Mi gratitud por siempre.
Martha Cerda, sin más.
LAS PÁGINAS QUE NO FIRMO
—¡Sí, claro! —respondí cuando me propuso que la acompañara en el viaje que estaba por emprender. Las dos teníamos treinta y ocho años menos que hoy, la cabeza llena de sueños y la vida aún poblada de hijos pequeños. Una escuela de escritores dejó de sonar a frase descabellada y se transformó en la posibilidad que se concretaría muy pronto.
Era el verano de 1988 cuando el lugar ya bautizado como la Sogem, filial de la Escuela de Escritores de Ciudad de México, abrió sus puertas. En la que luego sería el aula José María Fernández Unsaín se reunieron un grupo personas convocadas, igual que yo, por Martha Cerda que ya entonces tenía esa rara mezcla de escritora, gestora, diplomática y huracán; ella tocó las costas de la cultura en Guadalajara y dejó una marca profunda.
Evoco ese verano y recuerdo el hilo que mantenía unidos a quienes coincidimos entonces; hebras de entusiasmo, asombro, palpitaciones como las que imagino se sienten cuando uno está a punto de saltar en paracaídas, sensaciones que nos hermanaban en el proyecto común. Martha no solo abría el espacio sino que instalaba un clima y los que luego seríamos el cuerpo docente nos preparábamos para habitarlo.
Releo lo escrito y advierto en mis palabras un optimismo que pronto sería puesto a prueba, y la verdad incómoda no tardó en salir a flote. Pronto se dio una ruptura entre quienes dirigían la escuela y fue en este punto cuando conocí a una Martha resiliente y leal al proyecto. Mientras su nombre crecía hacia afuera, yo la veía también en su escala íntima: la amiga, la jefa, la mujer compleja, la cómplice a ratos.
Como las amistades largas, las tribus no se sostienen solo en el entusiasmo; también se sustentan en las diferencias, en las decepciones menores, en la paciencia, en la costumbre y en una forma honda de lealtad.
Hay personas que nacieron para fundar cosas, para convocar, para abrir caminos públicos. Y hay otras que nacimos para permanecer en un salón de clases. Durante treinta y ocho años he trabajado en la Escuela de Escritores de Guadalajara. Decirlo así parece una simple información biográfica, pero no lo es. Todavía puedo verme a mis ocho años en el patio de mi casa, alineando las macetas como si fueran un grupo aplicado de alumnos, usando el portón de la entrada como pizarrón, inventando clases para un auditorio vegetal que acaso entendía más de lo que parecía. Desde entonces ya estaba ahí algo que comencé a amar: la posibilidad de ir junto a otros seres humanos en el descubrimiento común de una forma de conocimiento, una de las más profundas: la de nombrar lo que somos.
Si la Escuela de Escritores de Guadalajara ha sido importante en mi vida, no es solamente porque ahí he trabajado durante décadas, sino porque me ha permitido vivir mi vocación. Allí he caminado junto a personas que llegan con el deseo —a veces confuso, a veces urgente— de escribir: una intuición, una herida, una necesidad que encuentra en la escritura una forma de nombrarse. Siempre he pensado que quienes buscan una escuela así se parecen un poco a los niños: vienen a reaprender la lectura verdadera, la escucha, el ritmo, el sonido de una frase... poco a poco se genera en ellos la confianza en su voz y logran, a fin de cuentas, escribir sin tanto miedo.
Al mirar atrás comprendo que buena parte de mi vida permanece ahí: en sus salones, en sus mesas, en sus voces, en las generaciones de alumnos y alumnas que llegaron con sus cuadernos, sus inseguridades, sus entusiasmos, sus vanidades, sus hallazgos. También he celebrado sus logros: premios, becas, publicaciones, el reconocimiento de una obra construida con paciencia.
En esa casa cercana a la Fuente Minerva he envejecido un poco, y es donde he conocido a mis mejores amigos y he sido feliz muchas veces. Allí entendí que mi obra no estaría únicamente en las páginas propias, sino también —y acaso sobre todo— en las páginas ajenas que ayudé a nacer.
Esa ha sido, quizá, mi verdadera escritura.
Carolina Aranda Araiza
