Guadalajara

Productores y vendedores de pitaya mantienen viva una de las tradiciones más emblemáticas de Guadalajara en la plaza de Mexicaltzingo y las 9 Esquinas, aunque este año sienten el abandono en promoción.

Pitayas para resistir el olvido de Guadalajara

Este año el sabor de la pitaya no es el mismo, la indiferencia del gobierno municipal tapatío le ha quitado brillo a una de las tradiciones más dulces y coloridas de Guadalajara.

En la plaza de Mexicaltzingo y las 9 Esquinas ya comenzó la temporada. Los puestos pintan de rojo, blanco y morado las banquetas. Entre cubetas, alfalfa, cajas de madera y sombrillas improvisadas, los vendedores ofrecen la fruta como si todavía resistiera a puro orgullo campesino.

Porque aquí, más que comercio, hay terquedad: la de quienes viajan desde el sur de Jalisco para sostener una tradición que cada año parece depender menos de las autoridades y más del esfuerzo familiar.

Leobardo López acomoda pitayas desde antes de que salga el sol. Viene de Techaluta de Montenegro, el municipio que produce la mitad de las pitayas de Jalisco. Habla mientras apila este fruto, acomoda bolsas y atiende clientes que preguntan cuál es “la más dulce”.

“La temporada para mí empezó el primero de abril”, cuenta.

Y aunque las mesas lucen llenas, detrás de cada fruta hubo pérdidas. Las lluvias y el granizo tumbaron flores antes de Semana Santa y la producción cayó. Aun así, el precio comenzó a bajar: la pitaya que hace una semana costaba diez pesos, hoy puede encontrarse en cinco, confiesa.

Aquí no existe una central que dicte precios. Todo se mueve al ritmo del clima y la cosecha. Si hay poca fruta, sube; si hay abundancia, baja. Así de simple.

Leobardo presume la “pitaya mamey”, la reina de las cactáceas: grande, alargada y más cara. También la blanca de Cofradía, pequeña pero extremadamente dulce, cultivada en una comunidad entre Amacueca y Techaluta. Y están las moradas, las favoritas de los niños por el color que les pinta las manos y la lengua.

Pero detrás de la postal pintoresca hay jornadas agotadoras. La pitaya no espera.

“Hay que empezar a cortar desde las doce de la noche con lámparas de cacería”, explica. La fruta se corta una por una, con un gancho amarrado a un carrizo. No hay maquinaria. No hay procesos industriales. Tampoco refrigeración sofisticada. La pitaya vive poco tiempo y tiene que venderse fresca, casi recién arrancada del cactus.

“Es todo un trabajo detrás de de cada puesto, hay familias enteras manteniéndose del trabajo que aquí realizamos. La principal actividad económica de mi municipio, que es Techaluta, es esta: la venta de pitaya”, cuenta.

Mientras Guadalajara duerme, decenas de familias cortan fruta en la oscuridad para que al amanecer los puestos que se instalan en la plaza de Mexicaltzingo parezcan abundantes. Y aun con todo eso, la promoción oficial prácticamente no existe.

Este año no se hizo promoción de la venta de pitaya por parte del Ayuntamiento; apenas si comparte alguna publicación aislada. Nada parecido a una campaña seria para presumir una fruta que ellos mismos llaman “emblema de Jalisco”.

La contradicción se vuelve evidente en pleno año mundialista: Guadalajara quiere presumirse ante el mundo, pero deja solas tradiciones que podrían darle identidad auténtica a la ciudad. Confía Leobardo que, para el inicio del Mundial, continuarán vendiendo este fruto.

Porque las pitayas no sólo benefician a quien las vende. Cuando llegan los puestos, también aumentan las ventas en fondas, neverías, locales y comercios de la zona. La temporada reactiva las 9 Esquinas y le devuelve algo de barrio a un Centro Histórico cada vez más abandonado a su suerte.

Aun así, los vendedores siguen ahí.

Bajo el calor de mayo, ofreciendo también guamúchiles, ciruelas, mangos barranqueños, nieves, mermeladas y pays de pitaya. Resistiendo entre turistas curiosos, clientes regateadores y banquetas rotas.

Como si cada pitaya vendida fuera también una forma de defender la memoria de la ciudad.

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