Nunca he sido futbolera, se siente como un robo estar aquí, frente a tantos aficionados, y ocupar el puesto de algún hombre fifas que estaría encantado de estar a una fila de la cancha. La gente llega y celebra, usan colores tricolor, y también hay uno que otro coreano.

Supuse que habría más por todo el furor que han causado en redes y la supuesta hermandad que se ha creado entre tapatíos y surcoreanos, pero lo cierto es que son más bien pocos los que entran por el corredor que desemboca en el Akron.
El Estadio Guadalajara, así ha sido llamado el hogar del rebaño. Mi ciudad está orgullosa de sí misma, de ser cumplidores, de haber entregado a tiempo. Yo creo que es histórico y maravilloso contar con un partido en casa, pero, mientras estoy aquí, rodeada de todas estas personas que celebran y gritan y vitorean, no puedo evitar pensar en lo que me gusta representar, en mi día a día, en mi interés por lo que ocurre afuera de la cancha.
He hablado mucho sobre el Mundial, recuerdo, constantemente, que Jalisco fue primer lugar en desaparecidos, entonces, vuelvo una vez más a los narcobloqueos cuando tomaron al Mencho, a la normalización de la violencia y cuestiono este ambiente que luce tan ajeno a todo lo que existe.
Ha llovido los últimos días, pero hoy resplandece en el cielo un sol fulgurante que recorre a los aficionados que levantan sus banderas y sombreros. Gritan “México” con una fuerza que les viene desde las entrañas. A su lado, esquinados a veces, avanzan los coreanos, que los graban y sonríen y dicen cosas pero no terminan de entenderse o de escucharse porque se diluyen entre el griterío mexicano.”El coreano va a probar el chile nacional” canturrean mientras sueltan risotadas.

Leí varios comentarios y vi post relacionados al hecho de que el Mundial es en México pero no estamos invitados. “Son puros influencers o gente de dinero” Yo estoy aquí, sentada, y observo la marabunta que avanza. No. No son influencers ni gente que parezca poseer la riqueza de Salinas Pliego. Son aficionados, personas que sí, quizá tuvieron que endeudarse para venir, que su pasión es esta, pero no es eso en lo que pienso, sino en qué tan ajenos podrán sentirse al resto de lo que sucede.
No se trata de arruinar el momento, de juzgar porque ellos están viendo el fútbol mientras afuera el narco sigue con reclutamientos forzados. No. No es nada de eso. Es una genuina curiosidad con la que los observo, ¿qué Guadalajara, qué Jalisco, habitan ellos?
Pero yo estoy aquí, y siento emoción por la selección y un amor desmesurado e insólito por mi ciudad, como cuando en la primaria esperabas que tu grupo fuera el mejor, y en este Mundial parece serlo. El mejor, el que sí terminó, el que recibió a la selección con mariachi. Sí. Pero, ¿y luego?
La gente se desborda. Entran por la puerta principal, avanzamos casi dos millas en un mar verde, rojo y blanco. Hay personal de la FIFA, quienes realizan activaciones para que la gente se divierta, cosas simples: saltar la cuerda, gritar, bailar. Algunos lo hacen, pocos.
Más adelante, las filas se dividen. Casi nada puede entrar, todo se cobra, la paquetería, las bolsas para pasar tus cosas.
Adentro, el estadio, imponente. Apenas subo las escaleras para entrar el sueño se convierte en un momento vívido y entonces, de golpe, entiendo, que estoy frente al estadio Akron para ver México vs Corea y vivir un momento histórico. Pienso en mi edad, en mi presencia en el mundo, y siento que este momento es algo que irá más allá de los años. Algo que se contará.
Estoy en segunda fila, apenas lo puedo creer. No conozco a nadie pero estoy aquí, mis padres me buscan en el público por la televisión. Vivo el momento en tiempo presente: los jugadores, el himno, la cancha, los logos que deben cubrirse, la necesidad de la FIFA por adueñarse de todo. Estoy aquí y, al mismo tiempo, no lo estoy.
Veo el gol de frente, por un momento pienso que ha sido un error, pero la gente grita, lanza cerveza, chiflan. Ese gol fue tan real como mi visita. Uso una camisa de la selección que jamás planeé tener.
El partido acaba, la gente canta, grita, celebra. Ganó México y pienso en esta frase de Mora, “¿Y si sí?” y me vuelvo la más patriota, la más aficionada, pero, en el fondo, siempre pienso en lo que de verdad me importa: todo aquello que sucede fuera de la cancha.