Jalisco

... Creen en los espíritus, ven una sombra rara y ya están buscando la quinta pata al gato. Pero, sobre todo, creen en las leyendas tontas que la gente crea para matar el aburrimiento. Nada digno de un hombre de negocios importante como yo, ¿verdad?..

“El último vagón” (cuento)

Tren en EU

Tickets de ida y de regreso, una maleta, papeles y portafolios con informes de la mejor propuesta de negocio; una rutina que llevo repitiendo desde hace quince años, algo tan monótono que, al jubilarme, sentiría raro no seguir con esto.

Tenía que mudarme otra vez por situaciones de negocio. El viaje que emprendía era de Wilmington a Nueva Jersey. Ya había visitado esa ciudad antes, así que no me costaría tanto adaptarme a las calles de ese lugar.

Me alegra mucho que me hayan transferido a otro sitio un poco más industrial. Me tiene un poco cansado la gente de este pueblo; son muy... creyentes. Creen en todo, creen mucho en la religión, creen en los espíritus, ven una sombra rara y ya están buscando la quinta pata al gato. Pero, sobre todo, creen en las leyendas tontas que la gente crea para matar el aburrimiento. Nada digno de un hombre de negocios importante como yo, ¿verdad?

Me senté en la banca de madera con mi boleto en mano. Era el último viaje disponible de la noche; para ser más preciso, en el último vagón.

La gente que viaja puede llegar a comprender lo tedioso que es esperar tu turno. En ese momento es cuando tu cerebro se concentra en molestarte con preguntas existenciales.

“¿Eres realmente lo que crees ser?”

“¿No te arrepientes de nada?”

“¿Incluso de no haber pasado más tiempo con tu esposa...?”

Solté un suspiro cansado, intentando encontrar algo en lo que concentrarme antes de volverme loco.

A lo lejos había una pareja. La mujer parecía estar cargando un bebé. Ambos se veían muy felices; transmitían una paz que, al recordar la realidad, se transformaba en el licor más amargo que tu garganta había probado.

Escuché el chirrido de la madera al aumentar el peso sobre ella. A mi lado, un anciano de piel grisácea, casi oliva, descansaba después de haber pasado tanto tiempo de pie.

—Hace frío, ¿no?

Su voz temblaba ligeramente al hablar. Se notaba que llevaba todos los años de la vida encima.

—Eyy...

Intenté no ponerle tanta atención. Ese tipo de personas: solo les contestas el saludo y ya te están contando la historia de su vida, como si nos importara. De la nada ya te habían dicho hasta cómo se llaman sus sobrinos.

El aire estaba helado aquella noche y apenas había un murmullo de sonido. A la gente no le gusta viajar tan tarde; creen que hay más inseguridad, más robos... o simplemente son demasiado flojos para mantenerse erguidos durante altas horas de la noche.

Doblé ligeramente la esquina inferior de mi boleto, justo donde podía leerse el nombre de la estación: Our Lady of Sorrows.

—Me recuerdas mucho a mi nieto. Tiene el mismo pelo, así, café y bien peinado... ¿Y cómo se llama, mijo?

Si no le respondía, solo demostraría que era un irrespetuoso. Además, un poco de plática no vendría mal mientras esperaba mi tren.

—Adán Wentz, asesor de negocios, para servirle a usted.

Lo dije con la misma postura que usarías en una entrevista de trabajo. Normalmente te tratan con más respeto si demuestras no pertenecer al mismo estatus que los demás. Todos juzgan mucho por el título que acompaña a tu apellido o simplemente por cómo vas vestido.

El señor se quedó callado durante unos segundos, como si quisiera memorizar mi nombre. Después observó la enorme oscuridad del cielo antes de soltar un suspiro.

—¿Usted ha escuchado sobre la leyenda del último vagón del tren?

Y aquí vamos de nuevo con las graaandes suposiciones místicas y misteriosas que se inventan. Pero bueno, ¿acaso no saben ocupar su mente en algo más?

Rodé los ojos y murmuré:

—No, y no me interesa saberla...

El señor parecía estar ya sordo por la edad o algo similar, porque empezó a recitar la leyenda. Tal vez sí me escuchó y simplemente estaba haciéndose el terco.

—Los trenes de esta ferrocarrilera tienen algo inexplicable. Se dice que, en el último tren del día, si viajas solo en el último vagón, vives un sueño o una pesadilla en carne y hueso...

—¿En carne y hueso? —pregunté, fingiendo interés, aunque el sarcasmo se notaba en mi voz—. Uuy... ¿y cómo es eso?

-—Verás, tú jurarías que estás despierto, que solo descansaste un poquito los ojos y ya, pero el vagón hace de las suyas. Ve en lo profundo de tu ser qué es lo que más deseas o qué es lo que más temes, le da forma y te lo presenta como una coincidencia de la vida. Bueno, eso se dice, pero está en ti creerme.

No pude escuchar muy bien lo último, pues estaba, por fin, llegando mi tren. Era de color rojo tinto con detalles cobrizos; el tiempo ya lo había desgastado, pero su funcionalidad era lo que valía.

—Y qué triste, señor. Mire, ya me tengo que ir. Con permiso y buenas noches.

Me levanté del asiento, tomando mi maletín para dirigirme a la puerta del tren.

—Su boleto, por favor.

—Tome.

—Bienvenido a bordo.

Había muy pocas personas a bordo, lo esperado, supongo. Caminé todo derecho hasta que mi cuerpo pudo fundirse con el acolchado del asiento.

De mi maleta saqué unos papeles que me gustaría repasar.

Esta idea es pésima, casi no venderá... Bueno, depende si lo intentamos con otra estrategia. Ahh, no, ya sé; si hacemos este cambio, de seguro triunfará y...

La puerta se abrió.

Otro pasajero entraba al mismo lugar donde yo estaba. No me habría molestado en levantar la cabeza si no fuera por un olor familiar a lirios y canela.

Mis ojos se deslizaron hacia la mujer que acababa de entrar. Tenía el pelo como olas de mar color caramelo y un vestido de encaje blanco de silueta sencilla.

—¿Emily?

Lo solté sin pensar, embobado por la simple presencia de aquella mujer.

Ella se detuvo y giró levemente la cabeza.

—¿Disculpa? ¿Me estás hablando?

Su voz era un poco profunda, pero tranquila, como si la vida no se fuera en un abrir y cerrar de ojos.

Yo esperaba encontrarme con unos ojos cafés. En lugar de eso, me encontré con un bosque en sus pupilas; estas mismas me recordaban a la intensidad de las actrices del Hollywood clásico.

—No... yo... —me aclaré la garganta—. Me confundí de persona. Yo creí que...

Ella se sentó frente a mí y esbozó una ligera sonrisa.

—¿Me veo como una conocida?

—No... como mi exesposa. Es solo que eres muy similar: tu pelo, tu ropa... Solo tu cara es algo diferente.

—Me llamo Lilith —dijo con una pequeña risa, no burlona, más bien comprensiva—. ¿Con quién tengo el gusto?

—Soy Adam...

El ruido del tren parecía haberse desvanecido como humo por una rendija. Yo era el tipo de persona que necesitaba concentrarse en algo constantemente y, en ese momento, mi único enfoque era la mujer frente a mí.

Lilith miró por la ventana, perdida en esa nube propia que parecía ser su mundo.

—La vida tiene muchas puertas, ¿no crees?

—Ajá, como las oportunidades.

Ella soltó una pequeña risa y negó con la cabeza. Aun así, sonrió.

—Mmmm... No porque se cierre una tienes que encerrarte en la idea de no volver a abrir una puerta nunca más, ¿sabes?

“No porque se cierre una tienes que encerrarte en la idea de no volver a abrir una puerta nunca más, ¿sabes?”

Hablaba como si no hubiera riesgos ni probabilidades.

¿Qué pasa si abres una puerta incorrecta?

¿Qué pasa si no se abre con la llave que tienes?

¿Qué pasa si encuentras lo que buscabas, pero no te satisface?

—No pienses de más. Solo son puertas. Cada una tiene un conducto diferente, pero todas tienen un propósito. Mmm, veamos... Si lo quieres ver de manera más técnica, como eso que tienes ahí...

—Ahí —dijo, señalando mis papeles—. Eso tiene un propósito, pero no por eso estás dudando de su funcionalidad, ¿o sí?

—No, nada de eso. Tener la visión y la funcionalidad de esto es...

—Es lo que importa.

Complementó con sencillez.

Quería responder algo inteligente, pero se me resultó difícil volver a enfocarme en los papeles. El poco tiempo que me había olvidado de ellos era como si una carga sobre mis hombros se hubiera esfumado. Después de haber pasado tanto tiempo concentrado en eso, se me había olvidado la calidez de estar acompañado por alguien más.

—Te ves cansado. Va a ser un viaje largo. ¿Por qué no duermes un poco?

Sugirió mientras me tomaba ligeramente de la mano. Su contacto era cálido, como una taza de café en una fría mañana de invierno.

No me atreví a contestar. Tenía razón; sí estaba cansado.

Asentí ligeramente y descansé la cabeza sobre la palma de mi mano. Como si se tratara de la actividad cotidiana de apagar una luz, la bombilla de mi cerebro se apagó y perdí cualquier conocimiento de lo que ocurría en el exterior.

El ruido del tren comenzó a hacerse más claro y, por la ventana, se colaba un rayo de luz.

—¿Qué?

Me levanté para darme cuenta de que, en efecto, me había quedado dormido durante todo el viaje.

Mis papeles seguían alborotados, mi maleta permanecía a mi lado, pero el vagón estaba vacío. No había otra pobre alma más que yo. Tal vez su parada había sido antes que la mía.

Anunciaron que ya estábamos por llegar a la última parada, así que me levanté de mi asiento para prepararme para bajar.

Tenía varias cosas que hacer durante el día. Había rentado un departamento y tenía que dejar algunas cosas ahí, revisar si las cajas que mandé desde Wilmington habían llegado, asistir a una reunión importante y, finalmente, terminar un informe que me habían pedido.

Que...

¿Tranquilo?

¿Eso era mi paz?

Sacudí la cabeza y me bajé con mi maleta en mano. En Nueva Jersey sí que hace frío en estos meses; supongo que tendré que comprar un abrigo extra por si las dudas.

Me dirigí al pequeño apartamento que había rentado. Era barato y estaba en una buena ubicación; el interior no me importaba tanto. Si cumplía con el precio y la disponibilidad, podía fingir estar ciego ante el poco espacio.

El lugar estaba bien. No tenía más de tres habitaciones: un dormitorio, un baño y una sala-comedor. El mundo parecía estar de buenas conmigo, pues no me quiso dar la migraña de descubrir que lo que había enviado con antelación aún no llegaba.

Desayuné rápido para arreglarme en poco tiempo y evitar el tráfico de personas en la calle cuando todos están apurados por ir al trabajo, hacer las compras del supermercado o dejar a sus hijos en la escuela.

Antes de irme desempaqué solo una caja. En ella venían una cobija, varios trajes y una fotografía. Era del día de mi boda con Emily. Lucía radiante con aquel vestido blanco.

Lástima que ya no esté aquí para recordárselo.

Aunque, si me pongo a pensar demasiado en eso, nunca estuve ahí para recordárselo.

Me han acompañado más papeles de trabajo a lo largo de mi vida que mi propia esposa.

Pero ya no hay nada que pueda hacer para cambiar eso. Ella ya se fue y yo tengo que seguir adelante con mis obligaciones como ciudadano.

Dejé la fotografía sobre la mesa más cercana para irme a trabajar.

Prioridades primero, emociones después.

Eso me repetía mientras caminaba por la calle.

Todos parecían tener un motivo, un propósito. Cada vez que pasaba una mujer de cabello color caramelo me quedaba viéndola más de la cuenta, con la esperanza de volver a encontrar una coincidencia de la vida.

Después de un trago amargo, cualquier caramelo sabe mejor, ¿no?

Pues yo estaba en esa posición.

Mi cerebro intentaba bloquear muchas cosas para enfocarse en lo principal, pero siempre regresaba a lo mismo: a la misma sensación, a la misma calidez, a la misma cara.

Y no voy a mentir.

Ella me asusta.

Me asusta porque yo no quiero sentir nada.

¿Y cómo alguien tan pasajero está logrando hacerme sentir tanto?

Estaba frente al edificio donde iba a ser la reunión cuando de este salió una mujer con un vestido de encaje y el cabello ondulado.

¿Era ella?

Me di la vuelta y la seguí. Estaba hablando por teléfono y la gente de la calle me limitaba el paso.

Tenía que ser ella.

Por favor, que sea ella.

Aunque por momentos la perdía entre la multitud, me dispuse a seguirla hasta que estuve lo suficientemente cerca.

No transmitía la misma calidez.

Tampoco llevaba ese perfume.

La mujer se dio la vuelta para cruzar la calle, pero no había ningunas esmeraldas en las que pudiera perderme.

La reunión.

¿Qué hora era?

Mierda.

Voy tarde.

¿Tarde?

Más que tarde.

Se me fue tan rápido el tiempo que de seguro ya estaban a la mitad de la reunión.

Había caminado cuatro cuadras lejos de las oficinas sin darme cuenta.

Corrí lo más rápido que pude para no llegar más tarde de lo que ya estaba. No importaba si empujaba gente; tenía que llegar.

Ni de loco iba a tomar el elevador.

Subí apresuradamente las escaleras hasta llegar al cuarto de reuniones.

Estaban saliendo.

Me perdí la reunión.

Me perdí parte de mi trabajo.

¿En qué estaba pensando?

La puerta ya estaba cerrada.

Mejor ni me molesté en entrar.

Me enfoqué en buscar a mi jefe para suplicarle su perdón y obtener algo de información sobre lo que había pasado o...

No tengo la menor idea de qué hacer.

Nunca me había pasado esto.

¿Qué hago ahora?

¿Por qué estoy aquí y no me he ido?

¿Qué estoy esperando?

Supongo que mandaré un correo.

Llegué al departamento y lo primero que hice fue encender la computadora e ir directamente al correo.

Iba a escribir algo para...

¿Pedir informes?

¿Pedir disculpas?

No, no, no.

Mejor ambas cosas.

¿O hacer un mensaje por separado para cada una?

Entonces pasaron segundos.

Luego minutos.

Horas.

¿¡Horas!?

¿¡Ya habían pasado horas y no había escrito nada!?

Sin duda, hoy no era mi día.

Suspiré y apagué la computadora, resignándome a que ya no iba a mandar nada.

Me enfoqué en acomodar un poco el lugar, abrir las cajas y ordenar.

El teléfono sonó de repente. De inmediato fui a atenderlo.

Qué fastidio.

Había dejado una caja en mi antiguo departamento. Me habían llamado para preguntarme si iba a recogerla. Ahora tenía que regresar, ir por la caja y volver...

Volver en tren.

—Sí, enseguida voy. Es más, hoy mismo voy, no se preocupe.

Colgué la llamada y, sin dar más rodeos, me dirigí a la estación. Compré un boleto ahí mismo y me fui al último vagón.

El tren, sin duda, era ruidoso y la espera fue eterna. Sin embargo, el vagón se llenó de gente. Ninguna de esas personas me interesaba.

¿Por qué no le pregunté más?

Solo sé su nombre, su rostro y que quiero volver a verla.

La decepción me quitó la energía del inicio.

Todo volvía a ser monótono.

Todo volvía a ser igual.

Estaba regresando a Nueva Jersey. Me estaba quedando dormido, mi vista se nublaba y, por la puerta, apareció la figura de una mujer.

Llevaba un vestido gris que acentuaba su figura, adornado con un listón color tinto. Su cabello caía en ondas lo suficientemente amplias para recordar al mar. Y traía lo que últimamente se había convertido en mi aroma favorito: lirios con canela.

Ya sabía quién era.

Quería levantarme y detenerla.

Pero mi cuerpo decidió algo diferente.

Oscuridad.

Luego fui despertado por el aviso de la próxima parada.

Era ella.

La podía volver a ver.

Tenía que volver.

Me lo repetía una y otra vez mientras regresaba a mi departamento.

Tiré la caja sobre el sofá.

No me importaba lo que hubiera dentro.

Me fui a dormir y los siguientes meses en Nueva Jersey se me escaparon de las manos.

Tenía una rutina que consistía en trabajar y viajar en tren sin otro motivo que volver a encontrarme con alguien y tener el descaro de llamarlo casualidad.

Así seguí, atrapado en un bucle, hasta que el equilibrio de mi vida comenzó a romperse.

Lo que parecía ser mi único sentido en la vida —trabajar— empezó a quedar en segundo plano.

Dejé de enviar informes.

Me quedé sin ideas.

Falté a reuniones.

Hasta que ocurrió mi mayor miedo.

Me despidieron.

Aun así, de vez en cuando conseguía otro empleo. Iba a entrevistas, obtenía un nuevo trabajo, lo descuidaba y terminaba perdiéndolo.

Lo único que se mantenía constante era viajar en tren.

No importaba de cuántos trabajos me despidieran.

Por lo menos iba allí cuatro veces por semana.

Como consecuencia, también me estaba quedando sin dinero.

Pero no era una obsesión.

Era una rutina.

A veces me preguntaba:

¿Qué demonios estás haciendo con tu vida?

Pero dejaba esa pregunta pegada en algún rincón de mi mente, como una nota adhesiva olvidada junto a una lista del supermercado y otras obligaciones.

En el buzón había avisos de deuda atrasada: alquiler, luz y agua.

Saqué dinero de mi billetera.

Pero no era para ninguna de esas tres cosas.

—Por favor, aunque sea solo una vez...

Suplicaba en voz baja.

Mi cuerpo funcionaba en automático.

Ya sabía a dónde ir, qué hacer y qué comprar.

Un último boleto.

Me lo repetía una y otra vez.

Juro que este será el último.

El cielo ni siquiera era azul marino.

Era del mismo color que el carbón.

Y el aire era tan frío como el del Polo Norte.

Otra vez me encontraba sentado en un asiento de cuero barato, bajo un foco que apenas iluminaba el vagón.

Otra vez estaba solo.

Otra vez en el último vagón del tren.

Prendí un cigarro para calmar las ansias, al soltar el humo la puerta se abrió.

Era ella.

Ella estaba enfrente mío.

Sus labios rojos se extendieron a una sonrisa.

---¿esperabas a alguien?

Podía sentir mi corazón queriéndose salir de mis costillas, todo lo que había anhelado y soñado estaba vestido de un vestido negro con escote de corazón y labios rojos enfrente mío.

---Estaba buscándote a ti, tú eres lo que he estado buscando, Lilith.

Ella arqueó una ceja extrañada.

---¿Estás seguro?, yo tendría que ser un nombre pasajero.

La misma mujer que alguna vez me animó a abrir y buscar más puertas me estaba empezando a cuestionar y cerrarse frente a mi cara.

---Si.. estoy seguro, cualquier cosa que hacía mi cerebro me recordaba a ti, te necesito.

Ella se levantó y me robó un beso, sabía a hierro y a la vez a nada, antes que pudiera reaccionar ella se estaba yendo por la puerta.

---Estás buscando algo equivocado.

--¡No espera!

Dije apresuradamente mientras me levantaba de mi asiento, quise correr detrás de ella pero mi cuerpo se cayó al suelo, de repente un pestañeo que duró de mas tiempo de lo esperado me hizo sentir mareado, abrí los ojos y nada, ella ya no estaba aquí, la puerta nunca fue abierta.

Intenté levantarme pero mi corazón latía tan rápido que empezaba a sentirse pesado y doler, el aire era rocas a mis pulmones, ya no lo sentía, el suelo me arrastró consigo mientras sentía como mi corazón se aplastaba hasta que el dolor desapareciera y consigo llegara la oscuridad.

---Bien, debemos despejar el lugar.

Dijo el intendente mientras abría con llave la puerta de un apartamento.

---Intenta ser rápido no por ser mi ayudante significa que te tendré paciencia.

Dijo de manera cansada mientras tiraba todas las cosas a una bolsa negra de basura.

---S-si claro ya voy

Un joven de apariencia delgada, se apresuraba de manera torpe a ayudarlo.

---¿Y esta caja?

La curiosidad lo ganó y abrió una caja del departamento que estaba en un sofá, alguien la había aventado como si no tuviera nada adentro.

Al interior de ésta, había una maceta con la tierra toda salida, la planta de ésta estaba más que seca, algunos libros de mercadotecnia y un álbum de fotos.

---No es por chismo pero…

murmuró mientras habría el álbum de fotos , había fotos de una joven pareja, un hombre de pelo café oscuro y de ojos caídos, junto una niña de cabello ondulado caramelo y ojos cafés, ambos sonreían alegremente.

De repente el señor le arrebató el álbum de fotos y lo tiró a la bolsa negra.

--¡Deja eso!, era del dueño del apartamento , más respeto al difunto.

Gruñó dándole un ligero golpe en las manos al muchacho.

---A-ah.. perdón.

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