
A Vero
La vida como camino, es una metáfora muy conocida y fácil de interpretar: se reduce a ir de un principio, a un final. Empezamos el camino desde que nacemos pero, ¿quién lo traza? ¿Si hay varios caminos cuál elegir?
Una vez emprendido el camino no podemos regresar, tenemos que enfrentarnos a obstáculos, cruzar puentes…y vamos irremediablemente solos. El término es la muerte.
Tanto el origen como el final son un misterio, no podemos reducir nuestro nacimiento a un mero acontecimiento biológico derivado de un coito que suele ser producto de una excitación, sin el propósito de concebir un hijo.
La vida es un milagro, cuántas parejas no logran embarazarse, o abortan, dejando al hijo como una posibilidad.
El catolicismo nos dice que desde el momento de la concepción tenemos alma, por eso condena el aborto. Y también nos dice que vamos a resucitar, o sea, la vida no es un caminar en vano.
Y los que creen en la reencarnación esperan otra oportunidad. Es el anhelo de eternidad.
La verdad es que somos lanzados al camino de la vida sin nuestro consentimiento, y hay que escoger entre cruzarlo a pie o a bordo de un automóvil manejado por un extraño, que a veces va borracho y choca.
Algunos escritores han interpretado la muerte no como un final, sino como un regreso al principio, un desnacer. Eso nos dice Carpentier en su “Viaje a la semilla”. El personaje va en sentido inverso, desvive: de la muerte hasta regresar al vientre de su madre.
Otros personajes se sienten perdidos en medio de una novela. Y como dice Viktor Frankl, andan en busca del sentido de su vida. En todo caso, el culpable es el autor, que no supo crear a sus personajes.
La vida también puede ser un simulacro de la muerte, morimos un poco cada día, hasta que no nos queda un pedacito con vida.
Por último, existen los que viven vidas ajenas, imitan a su artista favorito, traen una máscara, viven dentro de una botarga. Acaban siendo un juguete, un capricho del destino.
A todo esto me ha llevado la lectura de un magnífico cuento de Verónica Asencio. Ella es para mí una niña, tiene 13 años. Entró al taller de Técnicas Narrativas el verano pasado y ya daba muestras de su talento. Este verano se inscribió en el taller de Cuento largo y me sorprendió el salto que dió en madurez y como escritora.
Su cuento se titula “El último vagón”, está ubicado en los Estados Unidos y el personaje es común y corriente. Empieza cuando el personaje aborda un tren para ir de su ciudad a otra. Casualmente su asiento está en el último vagón.
Al llegar a su destino recibe una llamada, diciéndole que había dejado unas cosas en su departamento anterior.
El contesta que irá a recogerlas inmediatamente, aborda otro tren de regreso y le toca el mismo vagón, el último.
Su vida se convierte en un ir y venir de allá para acá, todo el tiempo como si estuviera programado. Siempre en el último vagón. ¿Se refiere a la rutina, a la monotonía de la vida moderna?
En el viaje se encuentra con una mujer enigmática que se llama Lilith…¿Será el personaje mítico? Para él es como una alucinación que no puede tocar.
¿Qué quiere decir Vero con el personaje de este cuento? ¿Será el mítico Minotauro, El hombre en su laberinto, de Borges, del que no puede salir?
No sé si este cuento es producto de sus lecturas o de su poderosa intuición que reemplaza al conocimiento.
¿Y el último vagón qué significa? ¿Ir detrás, ser inferior a los demás, estar en la retaguardia, en el límite entre el Ser y no ser?
No sé si me estoy dejando llevar por mi admiración hacia esta gran chiquilla, por lo pronto me ha hecho recobrar la fe en la humanidad y sobre todo, en los jóvenes. No todo es Inteligencia Artificial, todavía existe la inteligencia natural.
He encontrado una perla en un pajar. Ojalá Dios me permita ver hasta dónde llegue, todavía le falta recorrer un largo trecho. Cuando llegue a la universidad tendrá que tomar la decisión más importante de su vida: elegir una profesión o una vocación.
Amorosamente, Martha Cerda
Link para leer “El último vagón”, de Verónica Asencio
