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Ballenas con un colmillo en espiral moviéndose en uno de los ambientes más hostiles del planeta; los narvales parecen criaturas arrancadas de una leyenda

Ecos del Agua: Ecos bajo el hielo

Imagen de un narval en el libro de texto Brehms Tierleben de 1860.

Dentro de la oscuridad polar, entre la corteza quebrada del hielo marino, emergen lentamente varias “espadas” blancas atravesando la superficie. Sombras pálidas se deslizan bajo el agua negra mientras toman aire antes de desaparecer nuevamente en el océano congelado. Los narvales parecen criaturas arrancadas de una leyenda: ballenas con un colmillo en espiral moviéndose en uno de los ambientes más hostiles del planeta.

Los narvales son cetáceos árticos, una especie de ballena dentada emparentada con las belugas. Habitan principalmente en Groenlandia, el Canadá ártico, Svalbard y las aguas del Ártico ruso. Son animales extremadamente especializados para sobrevivir entre el hielo y las bajas temperaturas marinas. Poseen una piel gris moteada que se vuelve más clara con la edad, dejando a muchos individuos adultos casi completamente blancos. A diferencia de otras ballenas, no tienen aleta dorsal. En su lugar poseen una cresta a lo largo del lomo, una adaptación que les permite deslizarse bajo el hielo sin engancharse. Su cuerpo flexible también les ayuda a moverse entre grietas y túneles helados.

Pero lo más impresionante es su colmillo. Aunque durante siglos fue confundido con un cuerno, en realidad se trata de un diente canino izquierdo que atraviesa el labio superior y continúa creciendo en espiral. Puede alcanzar entre dos y tres metros de longitud. La mayoría de quienes lo poseen son machos, aunque algunas hembras también pueden desarrollarlo.

Durante mucho tiempo se creyó que este servía únicamente como arma o herramienta para romper hielo, pero hoy la ciencia propone algo todavía más extraordinario: el colmillo funciona principalmente como un órgano sensorial. Está lleno de millones de terminaciones nerviosas conectadas directamente con el sistema nervioso mediante pequeños canales microscópicos. Gracias a ello, el narval puede detectar cambios de temperatura, presión, salinidad e incluso variaciones químicas en el agua. Literalmente puede sentir el océano.

Gran parte de la vida de los narvales transcurre entre densas capas de hielo marino. Ese hielo no es únicamente paisaje: es refugio y protección. Reduce la presencia humana, limita la entrada de depredadores y les proporciona rutas migratorias relativamente seguras que memorizan año tras año. Su supervivencia depende de grietas y agujeros en la superficie para poder respirar. Son además buceadores extraordinarios, capaces de descender más de 1,500 metros y permanecer bajo el agua durante 20 o 30 minutos mientras buscan peces y calamares en las profundidades oscuras del Ártico.

En invierno, el Ártico puede pasar meses sumido en una penumbra casi total. Bajo el hielo, la visibilidad es mínima. Por eso los narvales dependen tanto del sonido. Como otros cetáceos dentados, utilizan ecolocalización: emiten chasquidos acústicos cuyas ondas rebotan en el entorno y regresan hacia ellos, permitiéndoles orientarse, detectar presas y encontrar respiraderos. Para los narvales, el océano Ártico es un mapa construido a partir de ecos invisibles.

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Sin embargo, ese mundo acústico está cambiando rápidamente. Durante miles de años el Ártico fue un océano relativamente silencioso, pero el deshielo ha abierto nuevas rutas marítimas y aumentado la actividad humana. Barcos, rompehielos y exploraciones industriales generan ruido submarino constante que invade el hábitat de los narvales. Investigaciones han demostrado que dejan de alimentarse cuando escuchan embarcaciones cercanas, alteran sus rutas y aumentan sus niveles de estrés. Para un animal que depende del sonido para sobrevivir, la contaminación acústica es casi una forma de ceguera.

A esto se suma el cambio climático. El Ártico se está calentando aproximadamente cuatro veces más rápido que el promedio global, provocando la pérdida acelerada del hielo marino. Con menos hielo llegan más barcos, más actividad humana y nuevos depredadores como las orcas, que ahora pueden acceder con mayor facilidad a zonas antes protegidas por el hielo. El equilibrio del ecosistema ártico comienza a transformarse rápidamente.

Los narvales son animales perfectamente adaptados a un mundo de hielo, oscuridad y silencio. Durante miles de años sobrevivieron en uno de los ambientes más extremos de la Tierra desarrollando una sensibilidad extraordinaria hacia el océano que los rodea. Pero ahora habitan en el lugar del planeta que está cambiando más rápido. Y quizá esa sea la parte más inquietante de su historia: el animal capaz de sentir el océano vive precisamente en un océano que está dejando de ser el mismo.

Valentina Moreno

@valemp97

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