Hay oficinas que intentan imponer solemnidad. La de Laura Haro prefiere contar una historia.
Antes de llegar a su despacho hay una vitrina llena de objetos con el logotipo del PRI: agendas, termos, chamarras, plumas, tazas, pines, tenis, playeras. Todo perfectamente acomodado. No parece un espacio para vender, sino para recordar. Como si el partido hubiera decidido exhibir su propia identidad detrás de un cristal.
La oficina de la presidenta estatal rompe con la imagen rígida que suele acompañar a los partidos políticos. Hay artesanías de distintos municipios de Jalisco, algunos detalles personales y tres retratos de ella misma: dos fotografías y un dibujo de su rostro.
No ocupan el lugar principal, pero tampoco pasan inadvertidos. Son el inevitable saldo de alguien que hace apenas dos años apareció miles de veces durante una campaña por la gubernatura.
Laura Haro me recibe sin prisa. Elegante, seria, de voz firme. La conversación empieza con el pasado, aunque ella parece empeñada en hablar del futuro. La elección de 2024 aparece como una cicatriz que todavía alcanza a tocar.
“Fue el proceso, en lo personal, más retador que me ha tocado vivir”, dice.
No necesita que le recuerden su edad. Ella misma la pone sobre la mesa.Tenía 35 años cuando fue candidata a la gubernatura. Dice que nunca buscó esa candidatura porque no quería que pareciera un proyecto personal.

Insiste varias veces en la palabra “colectivo”, aunque conforme avanza la charla queda claro que la campaña terminó moldeando un liderazgo propio. Habla rápido. No parece improvisar. Tampoco recita.
Las respuestas salen largas, hiladas una tras otra, como si hubiera pasado demasiadas horas pensando en las mismas preguntas. Hay una idea que regresa una y otra vez. El territorio. Recorrer municipios. Tocar puertas. Escuchar. Dice que ésa sigue siendo la diferencia entre hacer política y comentar política.
“Desde la comodidad de una oficina no se pueden tomar decisiones a la ligera”, asegura.
No habla únicamente de sus adversarios. También parece hablarle a su propio partido. Porque, cuando le pregunto por los errores de la campaña, no esquiva la respuesta: “Cometí errores, por supuesto”.
Y enseguida cambia el enfoque hacia el PRI. Habla de dirigencias que decidían candidaturas desde Guadalajara, de cacicazgos municipales y de una cultura política que, según ella, terminó alejando a la militancia.
“Yo no llegué aquí a administrar las derrotas del partido. Yo llegué aquí a liderar proyectos ganadores”, confiesa segura.
La frase no suena ensayada. La dice inclinándose ligeramente hacia adelante, como quien lleva tiempo esperando la oportunidad de pronunciarla. Es imposible escucharla sin notar una contradicción interesante.
Dirige el partido con peor momento electoral de su historia reciente en Jalisco, pero habla como si encabezara una organización en expansión. No hay resignación. Hay ambición.
Cuando se le pregunta por 2027 no reduce expectativas. Dice que la meta es ganar los 125 municipios, los 20 distritos locales y los 20 federales. Puede sonar desproporcionado. Ella no parece preocupada por eso.
“Qué mediocridad sería que un dirigente dijera que solamente aspira a conservar lo que tiene”, refuta.
La entrevista entra después en los grandes problemas del estado. El agua. La inseguridad. Los desaparecidos. Sobre el Siapa no propone una solución milagrosa. Lo primero que exige es otra cosa.
“Hay que hablar con la verdad”, exige.
Dice que el organismo necesita un diagnóstico completo, auditorías claras y asumir responsabilidades sin repartir culpas según el color del partido. Después vuelve a lo que considera la principal herida de Jalisco.
“Es un estado con mucho dolor”, pronuncia la frase sin elevar el tono de voz. No necesita hacerlo. Habla de desapariciones, de impunidad y de una política que, dice, perdió capacidad para construir instituciones.
A diferencia de otros dirigentes, Laura Haro no intenta parecer cercana usando un lenguaje informal. Lo es de manera natural. En la misma respuesta puede citar procesos constitucionales y segundos después decir que ciertos liderazgos “ya se hicieron patos”. Esa mezcla hace que la conversación nunca termine de sentirse acartonada.
Al final se le pregunta qué diría su oficina si pudiera hablar. Mira alrededor unos segundos. Después responde.
“Que tiene una presidenta bien chambeadora.”
Quizá esa sea la mejor definición de cómo quiere ser vista. No como la ex candidata. No como la dirigente del PRI. Sino como alguien que trabaja.
Afuera, la vitrina sigue exhibiendo los termos, las agendas y las chamarras con el logotipo del partido. Objetos de una marca política que intenta seguir vigente.
Dentro de la oficina, Laura Haro habla de elecciones futuras con la convicción de quien todavía cree que la política se gana caminando. No se sabe si tiene razón. Pero es evidente que hace tiempo decidió actuar como si la tuviera.