Guadalajara

Oculto bajo la superficie, formando inmensos enjambres arrastrados por las corrientes, el kril antártico sostiene una de las redes alimentarias más extraordinarias del planeta

Ecos del Agua: El gigante invisible

Krill antártico FOTO: deanimalia.com

Las aguas del océano Antártico estallan en movimiento. Una ballena emerge desde las profundidades con la boca completamente abierta, mientras una colonia de pingüinos regresa del mar para alimentar a sus crías. Sobre las olas sobrevuelan aves marinas y, entre los bloques de hielo, descansan focas. Todo parece girar alrededor de estos grandes animales que simbolizan la vida en el continente blanco.

Sin embargo, ninguno de ellos podría sobrevivir sin un organismo que apenas alcanza unos centímetros de longitud.

Oculto bajo la superficie, formando inmensos enjambres arrastrados por las corrientes, el kril antártico sostiene una de las redes alimentarias más extraordinarias del planeta. Este pequeño crustáceo, de apenas 4 a 6 centímetros, conecta la energía capturada por diminutas algas con ballenas, pingüinos, focas, peces y aves marinas. Se estima que su biomasa alcanza entre 300 y 500 millones de toneladas, más que la de todos los seres humanos juntos, y sus enjambres pueden extenderse durante kilómetros, siendo detectados por los barcos científicos mediante sonar.

El kril se alimenta de fitoplancton y de las microalgas que crecen bajo el hielo marino, transformando esa energía en alimento para animales mucho mayores. En la Antártida, la grandeza depende de lo diminuto. La ballena azul, el animal más grande que ha existido, consume hasta cuatro toneladas de kril al día. Los pingüinos Adelia, barbijo y papúa dependen de él para alimentar a sus polluelos, y las focas cangrejeras poseen dientes especializados que les permiten filtrar miles de estos crustáceos del agua. Toda una red de vida converge en un mismo organismo.

Pero el hielo también forma parte de esta historia. Más que una plataforma para los pingüinos, funciona como un bosque submarino donde crecen las algas que alimentan al kril durante el invierno. Sin hielo hay menos algas; sin algas hay menos kril. Cuando el hielo desaparece, no solo cambia el paisaje, también comienza a debilitarse el cimiento sobre el que descansa todo el ecosistema antártico.

El kril tampoco solo alimenta a la fauna. Al consumir fitoplancton incorpora el carbono que estas microalgas capturaron de la atmósfera y, mediante sus densas heces, lo transporta hacia las profundidades del océano en un proceso conocido como bomba biológica de carbono. Gracias a este mecanismo, parte del carbono permanece almacenado durante siglos, por lo que una disminución del kril tendría consecuencias que van mucho más allá de la biodiversidad.

La gran pregunta es si podrá adaptarse a un océano que cambia con tanta rapidez. Hoy los científicos estudian su ADN para conocer esa capacidad. Analizan su diversidad genética, el intercambio de genes entre poblaciones y las variantes relacionadas con la tolerancia al calor. Además, mediante transcriptómica observan qué genes se activan frente al aumento de la temperatura, permitiendo detectar respuestas inmediatas al estrés ambiental antes de que aparezcan cambios evolutivos permanentes.

Aún no se sabe si el kril logrará adaptarse. Su enorme tamaño poblacional y diversidad genética ofrecen cierto optimismo, pero depende estrechamente del hielo marino y su reproducción está sincronizada con un ambiente que cambia cada vez más rápido. La evolución necesita generaciones; el clima está cambiando en apenas unas décadas. La carrera entre ambos procesos todavía no tiene un ganador.

Las ballenas, los pingüinos y las focas son los rostros más conocidos de la Antártida, pero el equilibrio de ese océano depende de un protagonista casi invisible. El futuro de algunos de los animales más emblemáticos del planeta podría estar ligado a la capacidad de adaptación de un pequeño crustáceo cuyo destino, silenciosamente, también podría definir el del ecosistema que sostiene.

@valemp97

Valentina Moreno

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