El reflejo del sol sobre la pared de piedra; los peces en el estanque: naranjas, negros; las flores, mariposas sobre sus pétalos; hojas de color mate, otras suavemente verdes; la vegetación dentro del río, y sus aguas, frías, y su ritmo, constante… ¿Qué hace un habitante de las ciudades en medio de todo eso? Buscarse, volver a experimentar, mientras contempla y siente la humedad de la mañana que todo a su alrededor le regala un nuevo semblante; o quizá recupera alguna mañana de su infancia cuando por primera vez pisaba el cesped con los pies desnudos.
La temperatura del agua del río es cosa seria, su ritmo; es por ello que la espía llegada de lugares muy distintos, grises, se asusta, y tal vez sólo porque sus miembros, demasiado acostumbrados a sillas giratorias o de aquellas que encuentras en salas de espera, sienten amenazadora la cadencia del río, temen a su profundidad.
Y sí, la espía desiste un rato de la investigación; va entonces a la alberca, ahí sí tocan sus pies piedra firme, hay pequeñas cascadas que, si así lo decide, masajearan su espalda.
Ve a los valientes nadar a la par con los peces, a favor o en contra de la corriente. Se embarca en balsa segura y escucha la voz de las guías que le hablan de árboles muy viejos, narran gentiles historias breves, le piden que adivine la temperatura del agua y explican que viene de un manantial, ése, que ha visto poco antes: El Borbollón. No han recorrido el río entero, la devuelven pronto a tierra.
Es un día diferente, hermoso, los bañistas, los atletas amigos del río se dejan deslizar abrazados a formas diversas que los mantienen a flote y hacen así en sus aguas figuras felices.
Camina sobre puentes de madera, admira las ramas de árboles cuyos nombres desconoce, pues esta tarde los ve por primera vez.
Llega pronto la noche, la espía siente una presión extraña, reza de prisa en sueños, mientras a su lado, sentado en la cama el Chaneque del Río Yautepec la mira y sonríe al tiempo que pasa suavemente su mano por el rostro de la fuereña.
