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Videojuegos: Drakengard

Lo primero que hay que decir de “Drakengar” es que no es un juego convencional.

Para empezar debemos decir que su jugabilidad es horrenda. La cámara no enfoca de manera adecuada, el combate en tierra se limita a tres comandos que se repiten en cada pelea, el combate en el aire, pese a estar montando un dragón, no es para nada espectacular y sigue el modelo ya caduco de “Ace Combat”, y la trama no se desarrolla bien, ni a nivel jugable, ni a nivel de cinemáticas.

El guion nos cuenta que hay un imperio malvado y el protagonista es el príncipe que quiere rescatar a su hermana, que es la Diosa de ese mundo. Caim (el protagonista), es herido de gravedad durante una batalla, y se encuentra con un dragón que comparte su condición. Ninguno de los dos quiere aceptar la muerte, así que deciden hacer un pacto en el que fusionan sus almas en una, concediéndole a Caim poderes sobrenaturales a cambio de su voz. A partir de aquí la trama se desenvuelve en el viaje de estos en el que lo importante son los matices. Caim odia a los dragones por ser los responsables de la muerte de sus padres, y a su vez, los dragones les tienen cierto odio a los humanos por considerarlos una raza salvaje que no les respeta. El villano es un pobre diablo bien intencionado, pero corto de ideas, que termina recurriendo a las acciones menos ortodoxas que le obligan a jugar el papel del malo. Y el tratamiento de los personajes trastoca los tropos de la sociedad occidental, y no teme mostrar relaciones incestuosas o personajes legítimamente gentiles que resultan ser pederastas, todos envueltos en una trama oscura que cuadra a la perfección con un mundo en guerra.

La historia está estructurada por capítulos, y las misiones por cantos, y el juego no terminará una vez que hayas completado por primera vez el juego, sino que tendrás que completarlos todos para llegar con el verdadero final. A diferencia de otros modelos en el que el final es alternativo, aquí los cuatro finales cuentan por igual. Lamentablemente, esa interesante fórmula se queda a medias, pues en lugar de que los finales dependan de nuestra participación en la trama, dependen de cumplir ciertos cantos bajo ciertas condiciones jugables y, como ya se dijo, la jugabilidad es espantosa, por lo que completar en buena forma el juego es una experiencia frustrante. Fragmentada de esta manera la historia no se percibe como un todo cohesionado sino como un caótico sin sentido que no se entiende porque el juego no se ha querido explicar.

Esto va más allá de la conjunción del todo. “Evangelion”, obra de la que de hecho el juego sacó inspiración, es igualmente una obra que roza muchos tropos, que experimenta y que también tuvo que sobrellevar las limitaciones de un presupuesto ajustado y muchas ideas y conceptos que terminan quedando en el aire.

Con todos sus errores, “Drakengard” es una experiencia artística, una historia que sale de los márgenes comunes, que intenta explorar las capacidades del videojuego y que tiene una de las batallas finales más sensacionales en la historia del vídeojuego.

“Drakengard” no es para todo el público, es incómodo y confuso, pero no cabe duda de que por donde se le miré, ofrecerá algo que observar.

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