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Universidad Panamericana

Memoria Viva

A lo largo de mi vida, los documentos —libros, fotografías, videos, notas, y hasta los testigos que los acompañan— me han llevado a construir historias. Y considero que esto es apenas un reflejo de algo más grande: así hemos entendido siempre el pasado, a través de fragmentos. ¿Cómo descubrimos cómo era el mundo antiguo? Ahí está La Odisea, de Homero, esa epopeya que hoy vuelve a estar en boga gracias a la versión cinematográfica de Christopher Nolan. Ahí están las maravillas de Egipto, reconstruidas a partir de los vestigios de una civilización entera. Ahí está Roma, donde basta voltear hacia cualquier lado para toparse con un fragmento de historia. Así hemos armado, generación tras generación, el relato de quiénes fuimos y quiénes somos.

Pero hay algo que hoy me inquieta —y sospecho que a nuestros antepasados también—: ¿cómo escribimos la historia del presente?

Hace poco tuve un regalo del cielo, un video de mi familia, grabado en los años setenta. Ese fragmento, que antes solo existía como imaginario en mi mente, de pronto tomó color, sonido, textura y forma para contarme una historia que hasta entonces solo podía imaginar. Y fue precisamente ese hallazgo el que me trae hoy hasta ustedes, para hablarles de un concepto que me parece indispensable: la memoria viva.

¿Qué es la memoria viva?

Memoria viva son proyectos que preservan, conectan y comparten las historias, experiencias y legado de una comunidad. Su propósito es conservar, documentar y compartir el patrimonio histórico. Y su promesa es sencilla, pero contundente: cada documento cuenta una historia; cada historia fortalece nuestra identidad.

La palabra “memoria” nos llega del latín, y guarda tanto la facultad de recordar como la capacidad de evocar lo vivido. Conecta incluso con Mnemósine, la diosa griega de la memoria y madre de las musas, figura que simboliza la preservación del conocimiento y la cultura. No es casualidad: como humanidad hemos necesitado siempre una palabra para nombrar la urgencia de conservar nuestras experiencias y transmitirlas a quienes vienen después. La memoria, más que la inteligencia misma, es lo que nos hace humanos. (Universitat Politècnica de València)

Memoria viva es armar la historia como quien arma un Lego: pieza por pieza, con lo que vamos encontrando. La historia suele escribirse a partir de lo que queda —libros, fotografías, documentos, videos—. Pero la memoria viva añade un ingrediente extraordinario: la posibilidad de tener cerca, todavía, a quienes protagonizaron esa época. Eso enriquece el relato de una manera que ningún documento por sí solo puede lograr: ya no es lo que imaginamos que pudo haber pasado, sino los matices objetivos de quienes lo vivieron, complementados con lo documental.

Memoria viva en las universidades

Esto es aún más cierto en las universidades. Mantener viva la memoria no es solo almacenar recuerdos; es permitir que esta siga creciendo, nutriendo el presente y configurando el futuro. Porque una universidad no es, en el fondo, un espacio físico: es su gente, su cultura, su acción sostenida en el tiempo. Es gracias a quienes vieron en ella su proyecto de vida —profesores, directivos, personal de apoyo— y a quienes la eligieron para construir el propio —alumnos y alumni— que hoy es lo que es. Honrar esa memoria es honrar esa historia: es gratitud, es arraigo, es sabernos coautores de un proyecto que nos antecede y nos trasciende, con la responsabilidad de continuar escribiéndolo.

Lo que está en juego

Actuar a tiempo no es un capricho, es una prioridad. Existe un riesgo real de pérdida irreversible: buena parte del acervo documental se encuentra disperso, en condiciones materiales que comprometen su conservación. Cada año que pasa sin una acción sistemática de rescate incrementa la probabilidad de que documentos, fotografías y testimonios se deterioren, se extravíen o se pierdan junto con quienes los resguardan.

A esto se suma la ausencia de iniciativas que reúnan, organicen y den acceso a ese patrimonio. Sin un proyecto como Memoria Viva, la memoria institucional permanece fragmentada, inaccesible para la comunidad, y desaprovechada como recurso de identidad, de investigación y de toma de decisiones.

Pero también hay una oportunidad estratégica e irrepetible: contar con un acervo ordenado, accesible y debidamente preservado no solo evita una pérdida, sino que se convierte en un activo vivo para la institución. Y, finalmente, preservar esta memoria es una forma de honrar a quienes construyeron la historia. No es solo un ejercicio bibliotecológico y archivístico; es un acto de gratitud institucional y un compromiso con las generaciones futuras.

Quiero proponerles algo. Saquemos ese viejo álbum, esa cámara olvidada en un cajón. Démosle una limpiada, organicemos las fotos, preguntemos quiénes son las personas que aparecen ahí, tracemos las conexiones, y compartámoslo con nuestros seres queridos. Rescatemos esa vieja foto escolar y subámosla a redes, animando a otros a reconocer más rostros. Averigüemos cómo era nuestra colonia hace cien años, hace cincuenta, hace apenas veinticinco: cómo era la fachada de nuestra casa, quién pasaba por ahí, quiénes eran los vecinos. Démonos, hoy mismo, la tarea de hablar con los abuelos, padres, tíos, profesores y amigos. Y de lo que recuperemos, construyamos historias para compartir con las siguientes generaciones.

Hagamos, juntos, la memoria viva. Que no se pierda ese gran tesoro. Que no se pierda esa parte de nosotros que nos recuerda, precisamente, lo que nos hace humanos.

Estoy muy feliz de compartirles el regalo que la vida me dio al recuperar aquel video, y de ver cómo se enciende un rayito de luz al recordar nuestros propios momentos. Y estaré aún más contento si, entre todos, empezamos a armar las nuestras. Porque, al final, cada documento cuenta una historia. Y cada historia fortalece nuestra identidad. Gracias, y hasta la próxima.

*Jorge Alejandro Peña Landeros / Director de Biblioteca / Universidad Panamericana (UP)

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