
Con esos primeros años de la década surgieron prácticas que hoy son consideradas indispensables en la vida de este país y que hablaban de necesidades novedosas: era mayo de 1980 cuando la UNAM inauguró la Primera Feria del Libro del Palacio de Minería, con el también primer Encuentro Internacional de Escritores, un quién-es-quién de las letras, donde estaban lo mismo Juan de la Cabada y Salvador Elizondo que Fernando del Paso, Fernando Benítez, Augusto Monterroso y José Donoso. A los pocos, muy pocos meses, el Instituto Politécnico Nacional anunciaba también su primera Feria del Libro Científico y Tecnológico.
¿Qué quería decir esto? Que una parte de las nuevas generaciones no imaginaban sus existencias sin los libros: había mercado, había demanda. Tan cierta era esta novedosa realidad, que muy decentes colecciones de literatura universal y mexicana se venderían en algunos supermercados importantes; tanto interés por la lectura era perceptible, que los llamados “Correos del Maestro”, módulos muy modernos, colocados en zonas transitadas, vendían, a muy buenos precios, algunas publicaciones editadas por la Secretaría de Educación Pública y, sumado a eso, lo que se consumía en los puestos de periódicos: los años ochenta empezaban, en ese sentido, con el lanzamiento de “Colibrí”, una enciclopedia infantil, coeditada por la SEP y Salvat, una editorial española, y que se vendía por fascículos que costaban 10 pesotes.
Hoy, independientemente de lo que se compre o deje de comprar en los puestos, es muy difícil imaginarse un país sin ferias del libro.
En ese México que empezaba a cultivar la sana costumbre de esos encuentros donde los lectores hallan libros y algunos libros se reúnen, por fin, con su Lector Ideal, algunas generaciones disfrutaron de un intensivo y accesible curso de literatura de producción nacional: con la aparición, en 1984, de la primera serie de Lecturas Mexicanas, donde estaban clásicos como Juan Rulfo, Edmundo Valadés, Rosario Castellanos, Mariano Azuela y Carlos Pellicer, a precios sensacionales para preparatorianos y universitarios, algunos empezaron a consolidar su mucha o poca cultura literaria. La emoción se volvió alegría cuando, al año siguiente, con la segunda serie de Lecturas Mexicanas, circularon indispensables de los últimos años sesenta y los setenta recién terminados: Farabeuf, de Elizondo; Días de Combate, la primera policiaca de Taibo II; una edición muy decorosa y muy barata de Los Días y los Años, de González de Alba, y muchos otros nombres importantes llegaron a las manos de los que estaban convirtiéndose, en esos días, en los jóvenes que volverían a tomar las calles.
Mirar aquel tejo resultaba, como hoy todavía, fascinante. Aún más lo es su historia. Se aceptó como la hipótesis más probable que el tejo era una huella, un indicio de algo más grande: el caudal que llevaban los españoles y sus aliados al escapar de Tenochtitlan en lo que la narrativa histórica convencional insiste en llamar la Noche Triste.
Al tiempo que el tejo se mostraba al mundo, avanzaban los trabajos del llamado Proyecto Templo Mayor, que antes de terminar la década, se convertiría en Museo.
Era enero, 27 de enero de 1984, cuando la renovada Cineteca Nacional abrió sus puertas. Para los cinéfilos de corazón, era como reanudar un romance interrumpido por el fuego.
Con audiencias profundamente leales a sus preferencias, no había problema en usar el canal 4 y el 5 para montones de retransmisiones: la programación infantil del 5 arrancaba en lo que se llamaba “Una Tarde de Tele”, donde se seguía viendo a Scooby Doo y a la Pantera Rosa, y luego Bonanza y El gran chaparral.
La gente se reía de entretenimientos sencillos como Mi secretaria, donde una actriz ojiverde, Lupita Lara, alternaba con un consagrado de la comedia, como Pompín Iglesias, que venía de una familia de abolengo en cuestiones de carpa y teatro ligero. Se completaba el cuadro con algunos de los nuevos valores de la comedia televisiva como César Bono, que era un verdadero escuincle, y Maribel Fernández, a la que Iglesias le inventó el remoquete de La Pelangocha, que en realidad era uno de esos calificativos que las abuelas y las tías solían acomodarle a los chamacos malcriados. La carabina de Ambrosio, seguía siendo un éxito con Gualberto Castro, Plaza Sésamo cumplió su primera década en las pantallas mexicanas, y a las 3 y media de la tarde, en punto, los chiquillos se apuntaban a ver, de lunes a sábado, a Mafafa Musguito y a su flota de animalitos positivos en Burbujas. Como eran tiempos de renovación de las preferencias infantiles, empezaba a sonar un grupo de muchachitos españoles, que con el nombre de Parchís —palabra que en España designaba a un juego de mesa que aquí se conocía como parkase y que, probablemente hoy día ya nadie sepa jugar— cantaban canciones aún para niños, pero a ritmo de pop.
Octavio Paz aparecía en la pantalla televisiva para explicar los sucesos del Medio Oriente y la televisión pública daba una digna batalla: en el 13, Chucho Salinas y Héctor Lechuga seguían anotándose triunfos con Cotorreando la Noticia, y Pedro Ferriz (Santacruz) seguía haciendo Las 13 preguntas del 13. Para niños ofrecía Un mundo pequeñito, conducido por la ex Sor YeYé Hilda Aguirre, y una producción británica, La Gran Canica Azul, hacía las delicias de los niños. Queriendo competir en el terreno de “lo educativo-divertido”, apareció El Duende Bubulín, que ofrecía aprendizaje y canciones. Años después, los maldosos que nunca faltan creyeron que el duende y el que llegaría a presidente, Ernesto Zedillo, se parecían notablemente
Pero de lo que estaban pendientes las muchachas en 1980, era del estreno de un nuevo Drácula, con un actor italoamericano, Frank Langella, joven y seductor. Por esas extrañas casualidades, casi al mismo tiempo se estrenaba en México una parodia del mismo personaje; una comedia con algunos toques de picardía: Amor a la primera mordida, con George Hamilton.
Todavía faltaban muchas grandes del mundo fílmico: en 1981, sonaba, y sonaba mucho en la radio una canción compuesta por Christopher Cross: el tema de una comedia romántica, Arturo, el millonario seductor, que ese año se llevó el Oscar por mejor tema de película, mejor guion y mejor actor de reparto, entregado con toda justicia a sir John Guielgud, que dejó a Shakespeare para encarnar a un mayordomo inglés que se vuelve el padre postizo de un crápula millonario neoyorquino, Dudlery Moore, que, previamente, había sido conocido por los mexicanos por su actuación en 10, la mujer perfecta.
Se empezaban a vender unos artefactos importados que estaban llamados a convertirse en los grandes compañeros de la juventud ochentera: las radiograbadoras que iban a todos lados y que fueron testigos de miles de fiestas y romances.
Las secciones de espectáculos estaban llenas de profecías, unas fracasadas y otras no tanto: Javier López, Chabelo, se quejaba, desde 1980, de que no tenía ofertas para hacer comicidad no infantil, y la actriz María Rubio aseguraba que ella ya había dejado los papeles de villana, refiriéndose a su rol de ruda ama de llaves en Colorina. Como uno nunca sabe nada, como dice el bolero, Rubio no sabía que le aguardaba su consagración como la máxima villana de las telenovelas: Catalina Creel, que la aguardaba a la vuelta de la esquina.
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