
Con la llegada del abogado Miguel Alemán a la Presidencia de la República, en diciembre de 1946, pareció que empezaban días en los que el espíritu de la posguerra traía esperanza, optimismo y prosperidad; reabiertos los canales de comercio con Europa, los mexicanos veían, de golpe, abrirse un amplio abanico de objetos de deseo que tocaban todos los rincones de la vida diaria, desde la modesta cocina hasta las salas de cine. Era la tecnología, era la novedad, era la modernidad; la expectativa de seguir siendo los que éramos, pero mejores y más sofisticados.
Una cosa buena ya podía decirse en aquellos días, ¡ya se conseguían medias! De nylon, claro está, y a buen precio —desde 3 pesos 95 centavos las más baratas, y a 160 pesos la docena de pares importadas y de primera, “iguales a las que teníamos antes de la guerra”—; la señora o la señorita ya no tendría que pintarse una raya en la parte posterior de la pierna para —inocente artificio— simular que traía medias, o, en el mejor de los casos, acudir a uno de esos oficios ya desaparecidos en el torbellino modernizador que era, precisamente, el de reparador de medias.
¿Qué más llegaba, coincidentemente, con las bienvenidas a Miguel Alemán y los adioses a Manuel Ávila Camacho? El vértigo de la vida moderna: entre los libros más vendidos del momento se mantenía el famoso Ensayo de un Crimen, de Rodolfo Usigli, que había aparecido en 1944 y que no dejaba de venderse. Se ofrecía a los lectores y a los memoriosos por la módica cantidad de 5 pesos, bajo el marbete de “Novela policiaca mexicana”, inspirada en uno de esos casos de nota roja a los que la gente era —y es— tan aficionada, el asesinato, crudo, terrible, de la adinerada Jacinta Aznar, en 1932. Y todavía faltaba una década para que Luis Buñuel la convirtiera en exitosa película.
Se acababa 1946 y en el aire flotaba la gana de descansar, de divertirse, de brindar. Una empresa refresquera, la Delaware Punch, patrocinaba, para deleite de los radioescuchas, las “Fantasías Mexicanas” que todos los domingos, a las 8 de la noche con 15 minutos, se transmitían, con la actuación, nada menos, que del músico Manuel Esperón, Pedro Infante y Manolita Arriola, además del Trío Tamaulipeco. La radio seguía alimentándose de las transmisiones musicales, y, de vez en vez, de algún suceso importantísimo, como la toma de posesión del presidente Alemán, transmitida desde el Palacio de Bellas Artes.
La otra opción eran los radioteatros, que le apostaban a exitosas adaptaciones para radio de los clásicos de la literatura. Llegó a existir el “Teatro Coca-Cola”, que, en la XEW, presentaba Marianela, de Pérez Galdós, de 3 y media de la tarde a las 5, como una manera ideal de pasar la sobremesa.
Esparcimiento costumbres renovadas: una, curiosa, la industria del refresco, esa bebida azucarada de colores y sabores insólitos, desde el refresco de cola que empezó como tónico y para los días de las posguerra ya se pregonaba como “refrescante y deliciosa”, hasta el desvergonzado “Pato Pascual”, producto de la inventiva mexicana y que, a raíz de la exhibición, unos años antes, de la película animada Los Tres Caballeros, había convertido al gringuísimo Donald, merced al cambio de nombre y no mucho más, en vendedor de refrescos. Circulaban algunos que otras generaciones conocerían con nombres diferentes, como las “Chaparritas Gota de oro”, sin gas, de mandarina, de piña o de uva, razón por la cual, andando los años, quedarían encasilladas —bajo el apelativo “Del Naranjo”—en la categoría de “refresco para niños”.
Sí, eran días de esperanza, cuando los grandes sorteos de la Lotería Nacional tenían de premio mayor, nada menos que ¡diez millones de pesos! para el primer premio y 5 millones, 2 millones y un millón para los agraciados con el segundo, tercer y cuarto premios. Un dinero que, una vez en manos de los afortunados, bien podría servirles para pagar algún buen terreno en las zonas nuevas de la capital en expansión. La ciudad crecía hacia el norte: unos pocos años antes, el barrio de moda para comprar era la colonia Tepeyac Insurgentes, pegadita a la Villa de Guadalupe. Lindavista ya se promovía, y los fraccionadores de lo que iba a llamarse la Industrial Vallejo trabajaban mucho para promocionar sus lotes, ofreciendo exenciones fiscales por 10 años, servicios completos y excelentemente bien comunicado, a sólo 12 minutos, juraban los promotores, del monumento a la Revolución (¡ingenuos!).
Pasos que, poco a poco, llevarían a las ciudades mexicanas a modernizarse, a dejar de vivir ancladas en el sopor aún provinciano. Se instrumentaba, nada menos, la intercomunicación entre los dos sistemas telefónicos, la Ericsson y la Telefónica Mexicana, y el primer paso era cambiar las claves alfanuméricas por numéricas solamente. En los años 40, las cuentas de la Telefónica eran cosas como “L-16-50”, “F-00-19” o “J-64-66”. Con las modificaciones, se transformarían en “35-16-50”, “32-00-19” o “36-64-66”.
El resurgimiento de los nexos comerciales con Europa daba lugar a numerosos sueños de elegancia para las mujeres que podían pagárselo. Nuevamente, comercios que sonaba a salones franceses ofrecían mercancía recién traída del viejo continente: Henri de Chatillon, en su local de Paseo de la Reforma 198, ofrecía abrigos de piel a unos precios que resultaban escandalosos para muchos: una prenda hecha con algo que estaba muy de moda en esos años, el “Mink salvaje”, costaba ¡12 mil 500 pesos! Si se compara el costo del abrigo con una Harley-Davison, que costaba 2 mil 610 pesos —dos cilindros, entrega rápida—, se ve que la elegancia extrema era algo reservado a los que tenían mucho, pero mucho dinero. Entre armiños no salvajes y astrakanes y otras lindezas, las pieles más económicas que se conseguían con don Henri eran los zorros plateados, a mil 125 pesos. En establecimientos menos exclusivos, como la Vogue de la calle de Madero, el saco de zorro plateado costaba 795 pesos.
¡Ésos eran lujos, si se pensaba que por 400 pesos se conseguía una buena sala de sofá y dos sillones individuales! Las famosas desigualdades que se pregonaban desde tiempos de don Porfirio y que no han dejado de ser señaladas y denunciadas ahí estaban, porque junto a tanta prosperidad, cualquiera de esos caballeros que aspiraban a forjarse un futuro bueno en el México de la posguerra, ésos que apenas empezaban y que tendrían que picar mucha piedra para hacerse de un patrimonio, a veces no tenían para vestirse con decoro. Pero para eso estaban los comerciantes con visión, como los dueños de la Sastrería Rex —Argentina 8— que ofrecían abrigos de lana fina y 2 vistas, y de trajes bien hechos, a plazos, con pagos de 5 pesos semanales y lo que era mejor, ¡sin fiador!
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