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La niña, robada, creció encerrada... sin aprender a hacer las letras

A tres meses de cumplir 12 años, Paulina no sabe leer ni escribir. Como ella, cinco millones de mexicanos se encuentran hoy en condición de analfabetismo, según la encuesta intercensal del INEGI 2015.

Alumno haciendo una tarea de matemáticas
Alumno haciendo una tarea de matemáticas Alumno haciendo una tarea de matemáticas (La Crónica de Hoy)

A tres meses de cumplir 12 años, Paulina no sabe leer ni escribir. Como ella, cinco millones de mexicanos se encuentran hoy en condición de analfabetismo, según la encuesta intercensal del INEGI 2015.

La chispa de su mirada y soltura de su voz no parecen encajar en ese estado de tinieblas. Recién ingresó a un círculo de estudio del Programa 10 a 14 años del Instituto Nacional para la Educación de los Adultos (INEA), en el cual ha comenzado a estudiar vocales y unir sílabas.

Al conmemorarse mañana 8 de septiembre el Día Internacional de la Alfabetización, establecido por la UNESCO desde 1967 y adoptado ya en México, Crónica escudriña en torno a las historias lacerantes de niños que, aún en tiempos de revuelo informático y aparente universalidad educativa, desconocen letras y números; de adultos sin pasado en las aulas y de ancianos dispuestos a entregar los últimos años de su vida a escribir por primera vez su nombre y el de sus nietos…

–¿Cómo es que casi a los 12 años no sabes leer ni escribir? –se pregunta a Paulina.

–Es que mi papá me robó cuando tenía seis años, sólo le preocupaba vender su droga…

Se escucha a la distancia el coro de la Parroquia María de Guadalupe, en la delegación Iztapalapa. La iglesia prestó un pequeño cuarto al INEA para alfabetizar a decenas de personas de la comunidad, la mayoría dedicadas a la pepena y al reciclaje de materiales diversos, lo mismo papel, vidrio, aluminio, fierro y desperdicios industriales o de computadoras. Por eso los alumnos –entre menores de edad y abuelos– asisten desaliñados, con ropa maltrecha. Vienen de trabajar largas jornadas en basureros o centros de acopio. Y aquí, en esta bodega eclesiástica, estudian entre vírgenes mutiladas y santos descabezados.

Cuando su padre se la llevó con el argumento de una fiesta familiar, Paulina carecía de registro civil. Sin acta de nacimiento y sin un nombre oficial, no hubo rastros de ella… Aunque ya había cumplido seis, las disputas conyugales y la falta de documentos de identidad le habían impedido asistir al preescolar. 

De repente, el diálogo se torna incómodo, más aún por tratarse de una pequeña marcada por un historial desdichado. De tan crudas e inocentes, sus palabras duelen.

–¿Por qué dices que a tu padre sólo le preocupaba vender droga?

–Es narcotraficante.

–¿Cómo lo sabes?

–Porque eso hacía: vender droga en la casa de Cuernavaca donde me llevó y me tuvo encerrada por años.

–¿Qué sientes después de conocer todo esto?

–Nada, es algo normal.

–¿Te gusta?

–No, me gustaría que mi papá se dedicara a otra cosa, porque además usaba armas, andaba con muchos hombres y era violento.

–¿Te pegaba?

–Mucho, él quería que yo hiciera de comer y cuando no podía me pegaba. Un día estaba sentada comiendo cuando sacó una navaja y me cortó el brazo izquierdo.

Ahí está la cicatriz. Paulina la enseña sin miedo, con una naturalidad que asusta.

Hace dos años fue rescatada por doña Alberta, su madre, originaria de Pinotepa Nacional, Oaxaca. La encontró –tras recabar pistas y testimonios– en una casa del Estado de México. Se instalaron en una vecindad de Iztapalapa y al fin la niña fue registrada con los apellidos maternos.

“Está en la etapa presilábica, reconociendo las letras, pero ya sabe escribir su nombre”, cuenta Araceli Vázquez, su maestra. El aprendizaje ha sido lento, porque el grupo es multigrado y carece de homogeneidad: estudian juntos quienes no saben leer ni escribir y quienes buscan terminar la primaria o la secundaria.

–¿Y cuál es tu sueño en la vida? –se pregunta a la niña.

–Ninguno…

–¿No te gustaría estudiar algo?

–Pues tal vez ser como la maestra.

–¿Cómo era tu vida antes de venir al INEA?

–Sólo estar sentada y ver cómo hacía tarea mi hermana, sí me daban ganas de aprender. 

–¿Qué es para ti un libro?

–Algo que sirve para escribir y para ir soltando la mano.

–¿Tienes amigos?

–No, porque no conozco a nadie aquí en la zona ni me dejan salir a la calle.

–¿Y te gustaría tener amigos?

–No, ¿para qué?.

–Para jugar, compartir tus cosas con ellos, llevarte bien…

–Me llevo bien con Rocío.

Rocío ya es una señora, compañera en las andanzas de alfabetización. 

La hermana de Paulina tiene 17 y logró terminar la secundaria aquí mismo, días antes de convertirse en madre. Ella la cuida, porque doña Alberta trabaja la mayor parte del día en el cuidado a una anciana. “Lo más que le puedo decir es que le eche ganas, que no falte a su clase”, dice la mamá.

“De la vida lo que más me ha dolido es que mi papá me separara de mi mamá –cuenta Pau, quien el 8 de diciembre cumplirá 12, pero hoy me pone contenta cuidar a mi sobrinito, jugar con mi balón de futbol americano y saber cómo se escribe mi nombre, con una grandota al principio”…

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