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La “pandamanía” y los señores del Nobel

El primer cachorro, el primer pandita nacido en México, había muerto accidentalmente, aplastado por su madre que dormía.

Albert Einstein y Niels Bohr debatiendo sobre mecánica cuántica
Albert Einstein y Niels Bohr debatiendo sobre mecánica cuántica Albert Einstein y Niels Bohr debatiendo sobre mecánica cuántica (La Crónica de Hoy)

Era una ratita, o eso parecía por las cámaras de televisión. Una nueva cría, hija de Pe Pe y Ying Ying, los pandas regalados a México en 1975, nació en estas tierras el 21 de julio de 1981. Ese animalito blancuzco, sin pelo, enamoró de inmediato a los mexicanos, que supieron de sus primeros meses de vida por medio de los periódicos y la televisión. Nadie se quería ilusionar demasiado. El primer cachorro, el primer pandita nacido en México, había muerto accidentalmente, aplastado por su madre que dormía.

Pero aquel pequeño, hijo de los ochenta, sobrevivió. Y México se llenó de orgullo: este era un país que aún tenía cosas buenas, tan buenas que en ninguna otra parte del mundo los pandas obsequiados por el gobierno chino se habían sentido tan a gusto como para reproducirse.

Y surgió la “pandamanía”.

Se convocó a un concurso para ponerle nombre al pequeño panda, que crecía y se fortalecía. El ganador fue un muchachito de Chihuahua que ofreció Tohui, que en rarámuri —tarahumara, se decía en aquella época— quiere decir “niño”. Resultó que Tohui no era macho, sino hembra, pero el nombre se le quedó.

Era el día del niño de 1982 cuando se celebra y se le da nombre al pequeño panda. Se abren las visitas, la capital se vuelve loca por el pandita: son filas larguísimas, de horas enteras, de sufridos padres y sus chiquillos, para pasar, por unos minutos, ante el hábitat de los pandas y ver a la cachorrita.

A Tohui se le componen canciones: Yuri graba El Pequeño Panda de Chapultepec, que se vende por carretadas; Ginny Hoffman, una actriz infantil, también hace su disco. Carlos Amador, productor de La Familia Telerín, que a estas alturas del siglo ya no manda a dormir a nadie, se pone vivo y produce una película animada, hecha fuera de México: Las aventuras del osito panda. Tohui crece, arropada entre el orgullo y el amor del país entero, y es el inicio de una hermosa familia, admirada —y envidiada— de pandas, sí señor, de pandas mexicanos.

Aquel tormentoso 1982 dio otro orgullo a México, que intentaba capear el temporal económico: en octubre de 1982, Alfonso García Robles, diplomático que había sido representante ante la ONU, recibe el Premio Nobel de la Paz, por su labor, que es conocida en todo el mundo, y a principios de diciembre, Gabriel García Márquez, que es colombianísimo, pero que ha hecho de México su lugar de residencia, recibe el Premio Nobel de Literatura. Ese reconocimiento le sabe a los mexicanos como propio y así se celebra. Dos Nobel, dos, en el mismo año.

Días luminosos entre la oscuridad predominante, esos, los de los prodigios y el aplauso mundial, dieron a los mexicanos esas gotas de alegría que tanta falta hacían.

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