Los conflictos mundiales, aunque a veces al ojo público parezca que solo son misiles o posiciones militares, también son un gran golpe para la economía en general. Desde que comenzaron los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán a finales de febrero, el frente más delicado no ha estado únicamente en tierra o en el aire, sino en el mar: Washington impuso un bloqueo a la navegación comercial iraní y, como respuesta, Teherán endureció las restricciones en el estrecho de Ormuz, que es uno de los pasos marítimos mundiales más importantes para el petróleo y el gas.
¿Por qué importa tanto Ormuz? Porque por ahí pasa alrededor de una quinta parte del petróleo y del gas natural licuado del mundo. No es una ruta secundaria. Es una parte fundamental del sistema energético global. El estrecho conecta el Golfo con el mar abierto, y su cierre o restricción afecta de inmediato a productores, compradores, navieras, aseguradoras y precios internacionales.
Para Irán, el golpe económico del bloqueo es directo porque buena parte de sus ingresos externos depende del petróleo. Reuters reportó que Irán estaba exportando cerca de 1.84 millones de barriles diarios de crudo en marzo, y que el bloqueo estadounidense buscaba justamente impedir que ese volumen llegara al mercado. Si no puede vender petróleo con normalidad, Irán pierde divisas, se le complica financiar importaciones, se deterioran sus cuentas públicas y aumenta la presión sobre toda su economía.
Pero el daño no se queda dentro de Irán. Cuando se bloquea el comercio iraní y además cae el tránsito por Ormuz, el mercado global recibe menos crudo y menos gas de una zona clave. Por eso suben los precios de la energía y se encarece el transporte marítimo. Reuters señaló que la incertidumbre del bloqueo elevó los costos para navieras, aseguradoras y compañías petroleras, mientras el tráfico cayó de más de 130 cruces diarios antes de la guerra a alrededor de 20 durante esta crisis.
Ahí es donde empieza el efecto dominó sobre otros países. Los importadores de energía, sobre todo en Europa y Asia, pagan más por petróleo, gas, fletes y seguros. Eso termina filtrándose a inflación, electricidad, combustible, industria y alimentos. La Unión Europea incluso dijo que la crisis le está costando cientos de millones de euros al día, precisamente por el peso que tiene Ormuz sobre cadenas de suministro y energía.
También hay un efecto estratégico. El bloqueo no solo busca quitarle ingresos a Irán. Busca aumentar la presión para que Teherán ceda en la mesa de negociación. El problema es que, desde la perspectiva iraní, un bloqueo marítimo no se siente como una simple sanción más, sino como una guerra económica. Por eso Irán ha dicho que no negociará seriamente mientras continúe esa presión y, al mismo tiempo, ha respondido con incautaciones de buques y nuevas restricciones en el estrecho.
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Entonces, dicho sin tecnicismos, el conflicto funciona así: Estados Unidos e Israel intentan debilitar a Irán militarmente y también cortarle el flujo económico; Irán responde usando la geografía que controla para elevar el costo global del enfrentamiento; y el resto del mundo queda atrapado porque una parte enorme de la energía mundial pasa por ese mismo cuello de botella.
Al final, el bloqueo perjudica mucho a Irán porque le dificulta vender lo que más necesita vender, pero también perjudica a otros países porque vuelve más caro y más incierto el flujo de energía del que depende buena parte de la economía mundial. En un conflicto así, todos salen perjudicados de una u otra forma.